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Nº Parados 20/09/2018

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3182068
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3490100

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En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista, María Díaz la dedica a esos pequeños que tenemos cerca de nosotros, y no tan cerca. La infancia debería ser un momento especial para cualquier ser humano pero hay algunos que tienen la desgracia de que no sea así por diversas circunstancias. Serán, como siempre, bien recibidos vuestros comentarios sobre esta cuestión.

¿Tiene precio la sonrisa de un niño?

En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista, María Díaz la dedica a esos pequeños que tenemos cerca de nosotros, y no tan cerca. La infancia debería ser un momento especial para cualquier ser humano pero hay algunos que tienen la desgracia de que no sea así por diversas circunstancias. Serán, como siempre, bien recibidos vuestros comentarios sobre esta cuestión.  

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Yo tengo, de natural, muy buen carácter. He recibido las circunstancias de la vida “a porta gayola” si ha hecho falta y no me he cortado un pelo cuando he tenido que embestir con motivos. Estallo, zanjo y remato. Y no dejó coleando asunto problemático alguno. Si hay un tema que me interesa y me afecta es el que tiene que ver con la infancia. Recuerdo la mía con verdadero cariño, quizá porque tuve una madre muy divertida y un padre que no le iba a la zaga. Creo que es la parte de la vida más intocable, esa en la que la inocencia te envuelve y proclamo al mundo que algo de esa capacidad de sorpresa debería perseguirnos siempre.



 

Por eso chillo, lloro y reclamo justicia cuando, perdida entre las noticias, me cuentan, como quien no quiere la cosa, que han detenido a una serie de individuos que abusaban de menores introduciéndoles para su manejo en el mundo de la droga. Los informativos hablan de “personas”. Yo no tengo capacidad para darles esa categoría. Me felicito de saber que esas criaturas se han liberado de las garras de esos desalmados y me pregunto cuántos más están sufriendo este tipo de atentados a la dignidad y a la inocencia. Y me preocupa saber qué restos quedan en la mente de un ser humano que ya arrastra, desde el primer tramo de la vida, un lastre imborrable: el de la anulación de la personalidad. Quisiera saber dónde estaban los mayores que debían ejercer alguna responsabilidad sobre los chiquillos. Y no doy crédito a que nadie tenga la mala leche, por decirlo fino, de hacerle “eso” a persona alguna. Menos si se trata de un menor, a quien considero vulnerable e indefenso. Así que espero que se diriman los hechos y que la sociedad pueda señalar con el dedo a quienes toleraron que eso pasara y a quienes ejecutaron estos delitos, extremadamente graves a mi entender. También me gustaría verles la cara a esos delincuentes y me consuela, que quieren que les diga, saber que en la trena, estos personajes de quinta suelen ser despreciados hasta por sus compañeros de cárcel.

 

¿Pero quién les devuelve a estos chavales la dignidad robada? ¿cómo se repone un crío de lo que se le ha quitado? ¿Podrán olvidar los abusos? ¿Qué les quedará de su infancia de adictos? ¿no se estremecen planteándose estas preguntas? Tengan la respuesta que tenga, sólo el hecho de tener que ponerlas sobre la mesa me ponen el alma a punto de nieve, me crujen las tripas y se me encoge el corazón. Porque sigo pensando que no hay nada más hermoso que la sonrisa de un niño. No digamos cómo debería cotizar una risa. Y quisiera saber hace cuánto que dejaron de hacerlo las víctimas de esta historia y cuando podrán ejercer de nuevo ese derecho, si es que pueden. Y ya puestos, si alguna persona es capaz, que me narre qué tipo de encefalograma da un descerebrado de este pelaje que ha sido capaz de formar parte de una sociedad aparentemente sana mientras destrozaba el universo inocente de unos niños. Lo dicho, se me ha quitado el apetito y se me ha revolucionado el mal café. Y esto no sé si voy a ser capaz de zanjarlo como si nada pasara.

 

Hace años denuncié a unos padres por malos tratos a una niña. Eran mis vecinos y, en un puente en el que salí de viaje, la mataron sin pudor. Lloré de impotencia y abandoné la comunidad, incapaz de pasar delante de la puerta de esos seres que no fueron capaces de querer a una hija. Sigo mirando a mi alrededor. Afortunadamente no he descubierto ninguna otra señal de alarma en este tiempo. Aunque supongo que eso no querrá decir, tristemente, que estos hechos no pasan. Pero la ceguera emocional no me ha alcanzado todavía, aunque mi capacidad de sorpresa, esa que tanto defiendo, se ponga en alerta cuando noticias como esta me asaltan. No es que no quiera que me las cuenten más, es que no deseo que ocurran.



María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

 

 

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