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Nº Parados 21/08/2018

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Hoy nuestra columna de Los Lunes al Sol se vuelve algo nostálgica para recordar los tiempos que nos que no existía el ratón, las pantallas de ordenador y otros utensilios modernos que han invadido nuestras vidas en los últimos años. La periodista María Díaz reflexiona sobre los cambios que ha experimentado nuestra vida en los últimos tiempos.

Señorita, no avisó

Hoy nuestra columna de Los Lunes al Sol se vuelve algo nostálgica para recordar los tiempos que nos que no existía el ratón, las pantallas de ordenador y otros utensilios modernos que han invadido nuestras vidas en los últimos años. La periodista María Díaz reflexiona sobre los cambios que ha experimentado nuestra vida en los últimos tiempos.  

Me ha llegado hace poco, vía internet, uno de esos mensajes que rozan la cursilería pero que, a veces, tienen gracia. Este que les cito es necesariamente nostálgico y recupera imágenes de elementos que forman parte del pasado. Aunque haya algo en el pasado que estará siempre en el futuro. Lo digo, por ejemplo, por los lápices de colores. Mis sobrinos siguen coloreando y destrozando folios a mansalva…aunque también es cierto, que estos hábitos primitivos son abandonados a edades más tempranas según corren los lustros.



Yo soy una mujer que recurre mucho a la memoria de otros tiempos para narrar historias. Llámenme lo que quieran, a estas alturas de la película, creo que ya me han tildado de todo en multitud de lugares, pero había algo de romántico y aventurero en los sacapuntas de aquel tiempo y en las gomas de borrar de mi infancia. Gomas que, por cierto, no borraban nada: sencillamente desgastaban el papel y dejaban huella indeleble de su paso. Vamos, una trampa.

Ahora, un aparato llamado ratón, corta, pega, fija y casi da esplendor a lo que armamos y desarmamos. Y nadie sabe qué pasó, ni cuándo, ni cómo. Y la cosa tiene arte. Pero, yo echo mucho de menos una buena pluma estilográfica con sus manchas a destiempo a pesar de que la gente en edad de crecer las mira como si fueran artilugios pre-históricos.

Sea como fuere, yo no renuncio a lo que fue. Aunque reconozca que la técnica me ha hecho ganar tiempo…para colorear con mis sobrinos. O para contestar a preguntas de concursos de televisión cuando uno está en casa ávido de saber las respuestas a preguntas que debería conocer hace tiempo.

Y, además, tengo la sensación, de que en esas cajas de lápices de colores, en esos 600 sin cinturones de seguridad en los que cabíamos la misma cantidad de gente que en un autobús de línea regular o en esos columpios había, no sólo más magia, si no más educación. Yo aprendí a compartir lo que tenía e incluso a desposeerme de ello; a imaginar un hueco en el que tener otras vidas, a comer lo que se servía, a respetar a mis mayores…Y ahora, miro a los niños tan obnubilados con sus juguetes unipersonales y megaúltimageneración, que sigo echando de menos aquellos controles por sorpresa de mis profesora con el consiguiente alegato en defensa propia que de nada valía: señorita, no avisó.

 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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