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Nº Parados 20/04/2018

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3422551
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3766700

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En la columna de Los Lunes al Sol, hoy vamos a hablar de otro de los problemas sociales, el de la violencia de género. María Díaz nos aporta su visión sobre el problema pero ante todo critica que no se computen todas las víctimas de aquellos que no saben aceptar que el amor no es una propiedad y deciden actuar de forma contundente.

¿Qué es violencia de género?

En la columna de Los Lunes al Sol, hoy vamos a hablar de otro de los problemas sociales, el de la violencia de género. María Díaz nos aporta su visión sobre el problema pero ante todo critica que no se computen todas las víctimas de aquellos que no saben aceptar que el amor no es una propiedad y deciden actuar de forma contundente.  

Llevo asombrada unos días, porque en esa estremecedora lista de las víctimas de violencia de género me falta una persona. Me gustaría que no hubiera ninguna, que no existiera esa enumeración trepidante que nos habla de amores mal entendidos. Pero existe. Y, repito, me falta una víctima.



Y no es por desconocimiento. La historia ha sido contada y recontada por los medios de comunicación estos días: una persona muere asesinada en su lugar de trabajo cuando el hombre que la amó, armado hasta los dientes, irrumpe en su empresa y le descerraja los tiros que considera necesarios para acabar con su vida. Después, se disparó en la sien y, tras penosa agonía, falleció 24 horas más tarde. Pero el primer cadáver no figura en la maldita lista. Le he dado varias vueltas al asunto y quiero pensar que no estamos cometiendo un desliz de órdago por un pequeño detalle que aún no he señalado: la víctima era un hombre.

Sí, sí. Ese podía ser el resumen. Hombre mata a otro hombre. ¿Y qué? Lo mata por desamor, por creer que era suyo, de su posesión, por impedir que quisiera a otro, por egoísmo, por celos. Violencia de género. No me digan ahora que el sexo de los involucrados es determinante. No daría crédito. Como no lo doy a que nadie reivindique los derechos a amar de los seres humanos. Afortunadamente, venimos de serie, en nuestra mayoría, con esa capacidad. La que no entiendo es la otra: la de destruir lo que amamos porque lo consideramos nuestro. Qué amores tan equivocados aprendemos. Todo puro sufrimiento para acabar con dos tumbas a las que ir a poner flores cada año por un sentimiento absurdo.

No se cómo se acaba con este tipo de violencia. A veces me planteo si callarla no será lo mejor. Me niego a creer que una sociedad civilizada arrastra víctimas de violencia amorosa. Pero existen. Cada pocos días, el periódico me las trae a mi cerebro y a mi alma. Y lloro. Quizá de impotencia, quizá de rabia. No me gustaría que nadie me amara tanto como para matarme. Y pienso en cuantos hombres y mujeres tal vez la sufran sin poder levantar la mano para avisar de que existen. Y vuelvo a mirar la cifra. E insisto: falta una.

Me fascina amar. Me parece un verbo que, bien conjugado, es maravilloso. Y lamento que aún muchos seres humanos se vean en la necesidad de reivindicar sus derechos por querer a alguien de su sexo, obligados a querer en silencio. Pero amar no es matar. Y a un hombre, en un gimnasio, el que fue su amor lo ha matado el otro día. Y a todos se nos ha olvidado un poco.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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