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Nº Parados 21/07/2018

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Ahora que se ha acabado en Madrid una nueva edición de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO), la periodista María Díaz ha decidido afilar su pluma en esta columna de Los Lunes al Sol para hablar de esas obras que muchos no terminamos de entender y que se exhiben allí o en pinacotecas de muchísimo prestigio.

¡Por tutatis, no entiendo el arte moderno!

Ahora que se ha acabado en Madrid una nueva edición de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO), la periodista María Díaz ha decidido afilar su pluma en esta columna de Los Lunes al Sol para hablar de esas obras que muchos no terminamos de entender y que se exhiben allí o en pinacotecas de muchísimo prestigio.  

No es que a mí me gusten los cuadros de ciervos colgados sobre el papel  pintado del comedor. Ni me ha dado nunca por enmarcar según que dibujos de los calendarios que tienen a bien en regalarme en la única caja de ahorros en que he depositado mis deudas. Pero si yo hubiera sido la Thyssen, un suponer, lo hubiera tenido complicado a la hora de elegir un cuadro caro. Digo caro porque lo de bueno no lo tengo , lo que se  dice, nada nítido. En el fondo el problema es el mismo: lo que yo llamo el “arte difícil”.




Por de pronto, difícil de entender.  Vaya por delante la confesión de que a mí los impresionistas ni fu ni fa. Y puestos a provocar, confiarles que Sorolla me ha parecido siempre un pintor de almanaques. …Pero claro, veo esas cosas que exhiben los museos o que pasan por las ferias de arte como ARCO y estoy por Monet de todas todas.


En el Gugenheim de Bilbao estuvo colgado largo tiempo un cuadro absolutamente azul. Y cuando digo azul no digo azules, ni matices de azules, ni ciertos tonos de azules. Digo azul. Un solo azul, que yo, en mi ignorancia, describiría como añil. Mi suposición primera, e incluso la última, es que estaba pintado a rodillo. Lo digo así de alto porque yo de eso de pintar a rodillo se un rato. Para mi sorpresa todo el mundo se detenía ante el óleo ( también distingo otros materiales, qué le vamos a hacer) para alabarlo. Así que no pude menos, en un ocasión, que pararme a mirarlo con detalle. Peor. La observación me llevó a aferrarme a mi primera impresión cuando lo ví: el artista había sido el marchante que lo había vendido a un museo de esa categoría. Un hacha, si señor, un hacha. Fíjense que hasta me plantée dedicarme a esto. El problema es que el “estilo” ya estaba “cogido” y posiblemente registrado…


He mirado mucho por casa a ver que se me ocurría antes de tropezarme con otra idea simplona expuesta en un museo a precio de oro. El otro día, sin ir más lejos, rompió mi sobrino el wáter de casa y pensé yo que dándole una vuelta y poniéndole un buen título había encontrado un filón. Algo así como “el largo adiós” (ejem, ustedes ya me entienden). Pero está mi santo muerto de risa desde entonces, que es lo que tiene no ir de museos de vez en cuando. Reconozcan conmigo que lo mismo es arte y estoy regalando el dinero a algún listo de esos que repasan los contenedores como una buena zurzidora unas medias. Para mí que hubiera colado en una sala underground.  Ya me estaba viendo en los catálogos de alguna exposición importante o al lado de la Tita en alguna portada de revista de esas del glamour ( y eso que yo con mis hijos me llevo fetén).


Contaban que  antes de cierta inauguración de un importante museo de arte moderno, y medio instaladas casi todas las obras de una de sus galerías, las señoras de la limpieza procedían a recoger los corchos que descansaban en una esquina cuando uno de los empleados del edificio les paró los pies: ¡aquello era una obra de arte.! En sí misma,no había venido embalando nada: era una escultura. Como sería si alguien tan agudo como la empleada de la limpieza pensaba echarlo a la basura y si hubo que ponerle título para que los visitantes no lo dieran por buen asiento durante su visita. Que todos sabemos que un museo cansa más que un bar por mucho rato que eches de pie en la barra.


Así que aquí me tienen, compartiendo mis cuitas con ustedes ahora que ha terminado ARCO. Apenas lo he visto a través de mi televisor, pero me he quedado más perdida que Falete en Naturhouse. Mira que le he puesto empeño. ¡Si hasta he visto que vendían unos códigos de barras por 60 euros!!!!. Por Tutatis, de verdad, no entiendo el arte moderno.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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