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Nº Parados 21/05/2018

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Detrás de este título, la periodista María Díaz nos habla esta semana en su artículo de Los Lunes al Sol de una de esas enfermedades que ha sido tabú hasta ahora: el cáncer. Hasta ahora hemos tratado de eludir esa palabra cuando algún ser querido la padecía pero en los últimos tiempos, hay personas que se enfrentan a esa palabra y a la enfermedad con total claridad y valentía.

Esa estúpida manía de no querer morirse

Detrás de este título, la periodista María Díaz nos habla esta semana en su artículo de Los Lunes al Sol de una de esas enfermedades que ha sido tabú hasta ahora: el cáncer. Hasta ahora hemos tratado de eludir esa palabra cuando algún ser querido la padecía pero en los últimos tiempos, hay personas que se enfrentan a esa palabra y a la enfermedad con total claridad y valentía.  

Estos últimos días mi entorno ha hablado, no se porqué sinceramente, de la muerte. Una evidencia: existe. Pero por alguna oscura razón nos hemos empeñado en esquivar la palabra. Como los niños cuando se tapan los ojos pensando que nadie les ve si ellos no alcanzan nada con la vista…




Me ha fascinado la nueva campaña contra esa enfermedad que tanto nos cuesta pronunciar: cáncer. Fuera ya la poesía para hablar de salud. Fuera términos que encubren la realidad como si esta fuera a desaparecer por el hecho de no ser pronunciada. El cáncer existe. Lo sé. He perdido a mucha gente por él y he lamentado tanto su desaparición como la estúpida manera en que no lo hemos citado sabiéndolo culpable. Y me gusta la idea de enfrentarse a él. Nombrarlo. Ponerle nombre y citarlo a porta gayola para darle la cara y hasta la guerra. Una amiga que padeció un cáncer de mama me comentaba que cuando le identificaron el diagnóstico pensó “¿por qué a mí?”. ¿Saben lo que le ayudo a entender lo que le ocurría? La pregunta contraria: ¿y por qué no?


Ese es el asunto: nos vamos a morir todos. Hecho cierto donde los haya. Axioma fuera de la matemática. Realidad incontestable. Y, sin embargo, carecemos de maneras de entender lo obvio. Nadie puede explicarnos que vamos a nacer. Pero vamos sobrados de tiempo para saber que todo tiene un fin. Incluso para nosotros.


Me acordaba no hace mucho de un amigo que fue desahuciado por un cáncer de garganta. No sólo está vivo, doy fe, anoche estuve con él. Se ha hecho un ser fuerte. Cuando cumplió 50 años, sabedor de que la enfermedad que se enamoró de él no había podido vencerle a pesar de los malos augurios, nos reunió a sus amigos. No celebraba que cumplía 50, celebraba que estaba. Que estaba ahí cuando nadie lo esperaba. Nos confesó  emocionado que había hasta buscado las palabras para despedirse de su única hija y que había sufrido pensando en lo que iba a perderse. La vida es así en ocasiones: te pone frente a tu propia derrota haciéndote saber que no tienes oportunidades de echarle un pulso. Y lo sabemos, pero preferimos, como los niños, taparnos los ojos con la fe idiota de que la enfermedad pasará de largo en esa oscuridad inventada.


Así que me ha gustado mucho esa idea de pronunciar la palabra cáncer. Y repetirla. En alto. Sin ponerle un tonito angustioso. Sólo marcar cada sílaba. Empezar asumiendo los riesgos de estar vivos. Porque estar muerto es más seguro, mucho más seguro. Posiblemente hasta más aburrido. Celebremos cada día, pase lo que pase, que tenemos algo de tiempo para sacarle el jugo. Y exprimámoslo a tope. Dejemos atrás esa estúpida manía de no querer morirse. A los enamorados ya los critico otro día si eso. Que ya saben que yo la actualidad la llevo marcha atrás.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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