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Mamá, quiero ser artista

Tengo la suerte, o a mí me lo parece, de trabajar con actores. No son toda mi vida, pero los artistas forman una parte importante de ella. Lo digo, porque cuando escribo estas líneas vengo de tomarme un aperitivo con algunos de ellos y vuelvo a casa repleta de energías. Ellos son así: pasionales hasta la médula. Y si no, malo. Cuando aman, lo hacen con una generosidad inusitada; cuando no aman, no se andan con tonterías ni disimulos. Aunque coman del arte de simular, en lo personal no tienden a hacerlo.


A mí siempre me ha gustado el apostador vital. No soy de bingos, ni de casinos. Y quizá no me vendría mal asumir ciertos hábitos y tomar parte en algún tipo de sorteos. Me lo plantearé como meta. Pero me fascina la gente que es capaz de ponerlo todo en juego. Así son ellos, los artistas: emotivos,  básicamente generosos, creativos y audaces. Y así quiero ser yo. Quizá por eso disfruto tanto en su compañía. Habría qué ver que opinan ellos de mí. Por si acaso, no pregunto.


Ya se que todos no somos artistas. Otros nacieron para funcionarios y algunos hasta para la mera supervivencia. Afortunadamente, y como diría “El Gallo”, “hay gente p’a tó”. Pero creo que son un buen ejemplo a copiar en muchos de sus matices. No hablo de mitomanía, no. Me parece innecesaria. Hablo de valorar su capacidad de lucha, de asumir como suyo el lema del show debe continuar y de encajar los “noes” como si de los mejores “sies” se tratasen. Lo digo mientras les explico que muchos de los actores que pululan en mi entorno trabajan de camareros o de acomodadores. ¿Y por qué no? Saben lo que quieren y lo intentan. Y luego, suben a un escenario y te regalan un trabajo fascinante. Te envuelven para regalo un viaje a la imaginación. Te hacen vibrar, llorar, reír, amar, saltar, pensar, sentir, mirar, ver, perdonar…¡vivir!


Muchos morirán alejados de la fama. Pero cerca de su propio éxito. Porque el concepto de éxito o fracaso sólo lo decidimos cada uno. Solo nosotros sabemos de nuestras dificultades y obstáculos. Señalar con el dedo no vale. Así que cada noche, dedíquese un aplauso a sí mismo y duerma pensando que su escenario es la vida. Carpe diem


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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