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Nº Parados 20/11/2018

SEPE
3254703
EPA
3490100

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Marcos  nos relata su primera experiencia en la oficina de empleo a la que ha acudido para inscribirse como demandante de empleo y solicitar la prestación. No será una misión tan fácil como hubiera pensado en un principio  


Aquella media hora se me hizo terriblemente larga. Ni la música del mp3, ni la conversación de las mujeres que había delante de mi me distraían lo suficiente y encima hacía frío, era una mañana muy desangelada . De repente, me vino un pensamiento a la memoria, estaba haciendo cola para entrar al mismo edificio en el que me había inscrito por primera vez al paro, cuando yo apenas tenía 18 años. Aún era estudiante pero desde el principio quise compaginar las clases con  algún trabajo que me proporcionara algo de dinero para mis caprichos. La verdad es que podían haber transcurrido veintitantos años y el edificio estaba exactamente igual, tal y como lo recordaba, al menos por fuera.

Desde luego la situación no era la misma. En aquellos años jóvenes, uno acude a esa oficina con la esperanza de entrar en el mercado laboral. Y además como todavía vives con tus padres, entras sin agobios, pensando que si sale algo, genial y si no, no pasa nada. Ahora el sentimiento era bien diferente. Por un lado, la desesperanza, el sentimiento de frustración que a uno le acongoja, la urgencia por que esa  situación pase cuanto antes y la responsabilidad de saber que tienes a otros tres seres humanos a mi cargo. Desde luego no es la misma historia, aunque el decorado pueda ser el mismo.

Con esos pensamientos logré llegar a las 9 de la mañana. Aunque estaba lejos de la puerta y no podía verla bien, uno se da cuenta que la cola empieza a caminar, a paso algo lento, pero al menos empieza a moverse. Yo seguía el curso del resto con mi carpeta debajo del brazo, con los papeles que deseaba entregar cuanto antes para quitarme ese trámite lo más rápidamente posible. Pensaréis que una vez más era un poco iluso y no os falta razón pero uno se monta la película más favorable en cada caso y en este, mi película mental me permitía entregar los papeles en diez minutos y largarme de allí cuanto antes.

Poco a poco llegaba a la puerta. Allí un vigilante jurado intentaba poner un poco de orden para que nuestra habitual picaresca no ofreciese espectáculos lamentables a la puerta, que ya sólo faltaba eso. Sin embargo, tal y como nos trataba, más que un vigilante jurado parecía el pastor de un rebaño. Con un aire algo despectivo, iba dejando pasar a la gente de una forma similar a la que lo hace el “puertas” de una discoteca, aunque nuestra situación personal no es la misma.

Por fín logré entrar y  comprobé que tampoco por dentro había cambiado gran cosa aquella oficina de empleo de mi juventud. Pero poco me pude entretener en los detalles porque rápidamente tenía que acudir al auxilio de una vigilante de seguridad, en este caso mujer, que como una estatua se encontraba en esas maquinitas que hay para recoger el número. La verdad es que yo no tenía ni idea y casi preferí no arriesgar y acudir al mostrador de información.

Por supuesto que tuve que esperar unos 20 minutos, iba ágil porque la mayoría sólo querían sellar el papelito del paro. Llegó mi turno y una amable funcionaria me explicó que primero tenía que subir a la planta 1, recoger un número y darme de alta como demandante de empleo. Una vez cumplido ese primer paso, después tenía que bajar y solicitar número para entregar los papeles que me permitirían cobrar la prestación. Quizás, como pude comprobar más tarde, se le olvidó comentarme que lo más práctico era ir cogiendo el número abajo porque me daría tiempo a hacer la gestión y regresar sin que se me pasara el turno. Supongo que ya es pedir mucho, al menos fue amable que no es poco.

Y digo esto porque me inscribí. No había demasiada gente y en media hora, me tocó el turno. Me tomaron los datos personales, laborales y  académicos. Recuerdo que me llamó la atención que la persona que me atendió me preguntaba con ese soniquete tan peculiar de los altavoces de los supermercados. Me hacía hasta gracia porque es una entonación que uno no se imagina fuera de esos establecimientos. Eso sí, todo fue muy profesional, sin margen a la complicidad ni a un comentario extra a lo requerido por el ordenador. La verdad es que yo no soy de los que les gusta ir contando su vida por ahí, pero uno se imagina un trato casi paternal en esos casos pero nada más lejos de la realidad.

Completado el trámite, bajo y allí estaba esa especie de estatua vestida de vigilante que me pregunta qué quería hacer. Le dije que solicitar la prestación y tocó uno de los botones de aquella maquinita. Me tocó el B395. Miré el último número que habían llamado y era el B056. En resumen, sólo 340 personas delante de mi, en números redondos. Miré cuantas mesas había para atender a los de la letra B y ví que eran cinco. Traté de calcular cuánto tardarían en atenderme y, al final, fui incapaz. Así que pensé que me daba tiempo sobrado de tomarme un café y comprarme el periódico para entretener la espera.

No obstante, y como siempre me gusta observar mi entorno, ví que eramos un grupo de gentes de lo más dispar. Si uno se dejaba llevar por las apariencias, podía jugar a modo de divertimento sobre la profesión de cada uno pero supongo que hubiera metido la pata. Eso sí, yo creo que se nos podía notar aquellos que éramos “primerizos” porque íbamos con un rostro más serio mientras reparé que otros llegaban como si aquello fuese el pan nuestro de cada día. Los había que tenían el cuerpo hasta para bromas aunque claro, esto no es dato si tenemos en cuenta que los españoles contamos chistes hasta en los velatorios.

Me tomé mi tiempo para tomar el café y leer el periódico, una actividad que me encanta pero que no podía realizar los días que trabajaba. Era para mí como un ritual de domingo y se me antojaba raro  hacerlo un día laboral para una mayoría de la sociedad. Sin embargo, procuré no acongojarme más de lo que estaba al principio. Cuando terminé eran ya las 11, regresé y el “marcador” señalaba una llamada al número B120. ¡Aún me quedaba 275!

Ahora sí que me puse a calcular absurdamente, quizás por mi profesión. Estimé que cada uno estaríamos una media de 5 minutos. Total no es tan complicado entregar unos papeles, que te los sellen y ya está. No obedecía a ningún criterio científico lo de los 5 minutos, fue lo que yo estimé que se debía tardar, simplemente. Total que cada funcionario podía atender a 12 personas por hora. Como había cinco mesas, serían 60 personas cada hora. Total que me quedaban 4  horas y media nada más y nada menos. Pero claro, eran las 11 y si mis cuentas no fallaban, me tocaría a las 15:30. ¿Eso no se escapaba ya del horario de la oficina? Me perturbé un rato pensando que echaría la mañana tontamente allí. Luego me dí cuenta que la dichosa maquinita ya no daba más números y me alivié pensando que tenían calculadas cuantas personas podrían atender cada mañana.

Desde luego mis cálculos no pudieron ser más erróneos. Transcurrieron dos horas y el tablero electrónico, como decían antiguamente los locutores de basket, marcaba el B190. A todas luces, había perdido el tiempo. No me  iban a atender esa mañana, era matemáticamente imposible pero ¿cómo nadie advertía estas cosas?  En fín, comprobé que el sino de los parados era tener paciencia y me marché hasta el día siguiente….. (continuará)


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