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Nº Parados 18/10/2018

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3202509
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3490100

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En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz analiza alguna de las iniciativas solidarias que se están anunciando en locales de hostelería en las últimas semanas pero se refiere a un problema aún más profundo que es la visión de muchas personas que se han visto obligadas a salir a la calle para sobrevivir a esta crisis con la solidaridad del resto de ciudadanos que contemplan cómo la miseria nos puede llegar a todos en cualquier momento.

Sobre ese pequeño margen entre la solidaridad y la vergüenza

En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz analiza alguna de las iniciativas solidarias que se están anunciando en locales de hostelería en las últimas semanas pero se refiere a un problema aún más profundo que es la visión de muchas personas que se han visto obligadas a salir a la calle para sobrevivir a esta crisis con la solidaridad del resto de ciudadanos que contemplan cómo la miseria nos puede llegar a todos en cualquier momento.  

Hace ya muchos años, en pleno “boom” del programa “Vaya semanita” en la EITB pude disfrutar de un sketch en el que se ofrecía a una pareja la posibilidad de aparentar un nivel de vida del que no disponían pero del que querían presumir. El matrimonio de marras se enfrentaba a sus vacaciones y carecía de dinero para pagarse un viaje. Pero ¡oh! las apariencias son las apariencias y no puede uno ser visto por el barrio cuando se supone que es un triunfador y va sobrado de peculio como para escaparse a disfrutar de su tiempo de ocio. Así que la agencia a la que recurrían les daba la solución por poco dinero: bajar las persianas para que todos creyeran que habían salido fuera, cremas autobronceadoras y, en un alarde de ingenio, la rotura de tibia o peroné por aquello de que se trataba de vacaciones de invierno y se suponía que la escapada era a esquiar.



Estoy convencida de que de aquel sketch, han salido ideas en más de una casa. Lo fácil sería disfrutar de la ciudad en la que vives sin problemas del “qué dirán”. Pero no todo el mundo está preparado para enfrentarse a los malos tiempos. Curioso: a los que les va bien no les importa presumir delante de los más desgraciados. Hasta para eso nos falla la conciencia.

No sé si será el verano, pero he empezado a ver por la calle a muchas personas con pinta de haber vivido bien hasta antes de ayer solicitando un poco de misericordia de los viandantes. Ciudadanos invisibles a los que nos cuesta mirar a la cara, quizá porque temamos ver en ellos una desesperación que puede alcanzarnos en cualquier momento. Algunos no supieron ahorrar. Otros, no pudieron. Y ahora encuentran en las vías y plazas una posibilidad de subsistencia que nunca hubieran imaginado.

No sé si les importa que les vea un vecino porque cuando la pobreza se acerca la dignidad suele tomar carrerilla. Tampoco alcanzo a saber si recaudan más que los “clochards” que prefieren anestesiarse con alcohol para olvidar las penas. Dudo cada vez que alguien en el metro recurre a mí para que le dé una moneda porque no sé si acierto, aunque espero que mi instinto me haga separar con acierto a los listos de los necesitados. El otro día, me he encontrado en un vagón a un hombre, no muy mayor, tocando una guitarra con una mano paralizada. Con bofetadas como esas me doy cuenta entre trayecto y trayecto que hay mucha gente mucho peor que yo y me devora la tristeza imaginando su comienzo y su final del día, esos dos momentos en que uno se pone a pensar si jugar a esto vale la pena.

Un chico catalán ha copiado una idea napolitana, denominada aquí un “café pendiente” que ahora se ha extendido a “un bocata pendiente” que me parece una idea magnífica: usted se toma un café en un bar adherido a esta campaña y deja abonado el café para otros que no pueden pagárselo pero que se lo toman bien a gusto. Pues no se lo van a creer, pero en Madrid sólo hay dos bares en los que pueden invitar ustedes a algo tan sencillo como un cafelito. Una ciudad tan grande, repleta de cafeterías y apenas dos de ellas han entendido la jugada. Quiero pensar que muchos hosteleros aún no conocen la iniciativa, basada en la confianza. Por si a alguno le interesa en la web www.cafependiente.es encontrarán como sumarse a este proyecto tan sencillo. Sin embargo, no me llamen “malona” pero me da la sensación que más de un empresario no quiere ver a ciertos perdedores apostados en su barra reclamando un café que otro, que no le conoce, le ha dejado pagado. Y quizá, la culpa, sea de nosotros, los clientes, que somos tan finos que nos molestamos cuando alguien nos recuerda que vivimos a un paso, corto, de la miseria. La misma excusa por la que no miramos a la cara a esas personas a las que damos una pequeña ayuda que a nosotros nunca nos sacará de pobres. Como los niños que creen que nadie les ve cuando se tapan los ojos. Vaya, empiezo agradecer las bofetadas que me está dando la vida.

 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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