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Nº Parados 22/09/2018

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Partiendo de uno de los números más conocidos de la comedia musical "Chicago", el escritor Pablo Vilaboy analiza la sociedad en la que vivimos, una sociedad que se asemeja a un circo de tres pistas en el que a veces importa menos la verdad que la apariencia.  

 “It´s all a circus. A three ring circus. These trials…the wholeworld…all show business…Give´em the old razzle dazzle, Razzle Dazzle´em…Give´em the old flim flam flummox…Fool and fracture´em…How can they hear the truth above the roar?…”



(“Todo es un circo. Un circo de tres pistas. Estos juicios…El mundo entero.. Todo es un gran espectáculo…Deslúmbrales con tu esplendor, deslúmbrales…Confúndeles…Engáñales bien…¿Cómo van a oír la verdad con tanto clamor?…”)

 

Razzle Dazzle” es uno de los números climáticos de “Chicago” el musical escrito por Fred Ebb y Bob Fosse con música de John Kander y letras de F. Ebb. En él el taimado abogado Billy Flynn tranquiliza a Roxie Hart, una de las asesinas protagonistas de la función, en los momentos previos a su juicio mostrándole lo sencillo que resulta engañar y manipular a la opinión pública, a la prensa y la justicia si eres un buen embaucador y sabes jugar astutamente tus cartas. Ni que decir tiene que Roxie es declarada inocente al final del litigio, librándose no sólo de la pena de muerte sino habiéndose convertido en toda una estrella mediática a resultas de las argucias utilizadas por Flynn a lo largo de toda la preparación de su proceso.

 

El libreto de “Chicago” se inspiró en los escandalosos juicios que en 1924 se celebraron en la ciudad que da título a la obra y que tuvieron como acusadas a Beulah Anna (tomado como modelo para el personaje de Roxie Hart) y a Belva Gaertner (Velma Kelly, la otra protagonista de la pieza). Implicadas ambas en casos de asesinatos pasionales y con todas las pruebas en su contra, lograron ser declaradas no culpables de los mismos gracias a los ladinos modos de actuación de sus abogados respectivos (Unificados para la función en el rol de Billy Flynn). Las muy populares crónicas que de tales juicios hizo en su día la reportera del “Chicago Tribune” Maurine Dallas Watkins ya habían servido de base para una obra teatral escrita por la periodista en los años 20, pero no sería hasta 1975 que la conjunción de los talentos creativos de Bob Fosse y Kander & Ebb daría como fruto esa gema musical de fascinación perdurable que es “Chicago”.

 

Chicago” tuvo un accidentado alumbramiento en la convulsa sociedad estadounidense de la década de los 70 y, posteriormente, un renacimiento triunfante en su reposición en Broadway de 1995 cuyos ecos victoriosos se han prolongado hasta la actualidad en las diferentes partes del mundo donde se ha estrenado esta revisión de la obra. Con una estructura argumental que encuentra su desarrollo en sucesivos números musicales a medio camino entre el vaudeville y el burlesque, “Chicago” se erige en una de las piezas del repertorio teatral norteamericano poseedora de una mayor y más afilada carga crítica. La corrupción existente en los sistemas judicial y carcelario y en la política, la ambición voraz, carente de cualquier tipo de escrúpulo, por lograr fama y fortuna a través de los medios de comunicación, la codicia y la depravación anidadas en las relaciones sociales, la maleable amoralidad del gremio periodístico y, en fin, la ponzoña que envilece a las sociedades occidentales; constituyen las distintas tonalidades reunidas en la paleta crítica que crearon Fosse, Kander y Ebb para su musical.

 

En su estreno de 1975, “Chicago” dividió radicalmente a los críticos y al público. Dirección, partitura e interpretaciones (a cargo, en sus principales papeles, de las legendarias Chita Rivera y Gwen Verdon) fueron muy alabadas, pero una parte de la prensa especializada y un considerable número de espectadores rechazaron de plano lo vitriólico de su mensaje. La radiografía social que les ofrecía una obra cuyas heroínas eran dos asesinas y que hurgaba sin piedad en la ruindad humana no era algo que muchos pudiesen aceptar como real, y derivado de tal rechazo sobrevino la irritación de cierto público ante lo que terminó considerando una provocación de mal gusto. Los Estados Unidos, al igual que muchos países de Occidente, se hallaban vertebrados en aquel entonces por unas sociedades en total ebullición desde finales de la década de los 60 y nuevos posicionamientos ideológicos sustentaban incipientes giros culturales y cambios en la mentalidad popular. Inmovilismo y rebeldía chocaban de modo continuo, y la construcción de otras estructuras sociales se creía posible. ¿Por qué entonces la carga reprobatoria de “Chicago” no cuajó plenamente? Posicionémonos veinte años después…

 

Cuando la exitosa versión en concierto de “Chicago” de 1995 programada para la City Center Encores! Fue adaptada convenientemente y trasferida a Broadway ese mismo año con un reparto estelar en el que destacaron Ann Reinking (responsable también de una innovadora coreografía “al estilo Fosse”) y Bebe Neuwirth así como un concepto escénico de una sobriedad estilizada y radiante, la recepción crítica y del público que obtuvo fue apoteósica. Además de la avalancha de premios que recibió, este montaje muy pronto fue trasferido a otros países con una respuesta igual de entusiasta que lo ha perpetuado en las carteleras teatrales de las principales capitales del mundo hasta el día de hoy. Por el camino, la refulgente versión cinematográfica que Rob Marshall hizo en 2002 con estrellas del calibre de Catherine Zeta-Jones, Renné Zellweger y Richard Gere, constituyó otro enorme triunfo que se saldó con seis Oscar.

 

El quid de tan divergente respuesta ante “Chicago” es sencillo hallarlo en la toma de conciencia colectiva acerca de la corruptela y el enviciamiento global de los que participamos como miembros de las sociedades occidentales y que desde los años 90 hasta la actualidad hemos asumido como inevitables. Semejante expresión de cinismo social casó de forma instantánea con el refinado sarcasmo del musical, matrimonio de gustos que dos décadas atrás fue imposible dada la fe incólume de nutridos grupos poblacionales en una suerte de bondad universal del género humano que impedía un pleno reconocimiento de muchas personas como integrantes y co-responsables de la podredumbre de las sociedades contra las que se rebelaban. Al no identificarse con el lado vil de las mismas, resulta sencillo concluir que el dedo acusador que “Chicago” ponía sobre ellos les molestara en grado sumo.

 

Sin embargo…¿Puede decirse que el cinismo rayano en la frivolidad con el que se degusta desde los 90 el mensaje de “Chicago” es acertado? Reconocerse como parte constitutiva de la cadena abyecta que aprisiona a un numeroso colectivo de naciones bajo distintas formas políticas y económicas no ha de traer consigo la inacción social y la ligereza desvergonzada de la resignación ante la obscenidad de sus consecuencias. A la risa cínica ha de seguir la reflexión y un propósito de enmienda, por pequeño que éste sea, frente a la injusticia que nos rodea y a la que, querámoslo o no, contribuimos. Seguramente sea imposible salvar el moribundo organismo social donde vivimos, pero sí podemos curar algunas de sus heridas y mejorar su con ello su situación.

 

En estos tiempos de crisis económica e indignaciones varias resulta más necesario que nunca no darle la espalda al circo de tres pistas que rige los destinos de la mayoría de los países de Occidente y propugnar cambios y pacíficas rebeliones desde nuestra humilde posición de figuras de ese circo. Porque tan dañino resulta dejarse deslumbrar por la corrupción de un determinado número “circense” como cegarse con el esplendor irreal de aquellos redentores de la patria que se sienten tan por encima del bien y del mal que para ellos sólo hay salvación del mundo en la negación de la realidad existente, lo cual no deja de constituir otra suerte de engaño que oculta la verdad bajo un peligroso clamor mesiánico.


Pablo Vilaboy
Escritor

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