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Nº Parados 20/06/2018

SEPE
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Uno de los momentos estelares de la campaña con la que Mariano Rajoy llegó a la Moncloa fue aquél en el que se fotografió delante de una cola ante las oficinas del Inem. Prometía acabar con el problema en el mismo momento en el que tomase las riendas de la situación. Y con símbolos parecidos, logró ganar las elecciones generales con mayoría absoluta hace ahora dos años.  

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Seguramente puede alegar que dos años son un corto espacio de tiempo para resolver los gravísimos problemas a los que se enfrentó tras el triunfo electoral. Y no le falta razón. La cuestión es que eso debía saberlo ya en la campaña previa y no debiera haber alimentado falsas esperanzas de soluciones inmediatas que eran imposibles.



Por mucho que se diga ahora que todos sabíamos de los “esfuerzos” que debíamos hacer para salir de ésta, muchos ciudadanos depositaron su voto en la urna pensando que su situación mejoraría de forma instantánea. Somos así de ingenuos a veces cuando se refiere a la política. Y encima solemos tener mala memoria para recordar según qué cosas.

Han pasado dos años y hemos escuchado a Rajoy hacer balance, agradecer a los españoles el esfuerzo y prometer que habrá menos desempleados al final de la legislatura que cuando se inició. Todo eso está muy bien, es verdad que algunos indicadores económicos están mejorando y que por algún lado, debe iniciarse la mejoría para crear empleo.

Sin embargo, el presidente del Gobierno debería hacer un esfuerzo de empatía con aquellas personas que ya no tienen nada o tienen lo justito para comer. Ese grupo de personas que tienen nombre y apelllido, en el que seguramente muchos de vosotros os podéis incluir perfectamente, tienen una situación de extremada urgencia. A todos ellos, no les vale con que haya 100.000 desempleados menos en 2015 que en 2011, salvo que fuesen uno de los beneficiados.

¿Y mientras tanto qué? La política debería estar para ofrecer soluciones a los problemas concretos y cotidianos de los ciudadanos. Y si una familia pasa hambre, los políticos deberían solucionarlo; y si pasan frío ahora que llega el crudo invierno, arbitrar medidas para evitarlo. Son sólo dos pequeños ejemplos de problemas muy cercanos a los que nunca se enfrentarán sus señorías.

El gran fracaso de la política española ya no es sólo tener casi seis millones de desempleados. El verdadero fracaso es dejar de la mano de Dios a todos aquellos que están al borde de la exclusión social, o metidos de lleno en ella. Somos un país del primer mundo con gente que vive como en el tercer mundo, o peor. Y ese es un problema cuya solución no está ni se la espera.

Uno de estos gurúes de la economía actual comentaba hace unos días que un presidente del Gobierno debería tener problemas para conciliar el sueño sabiendo que algunos de sus conciudadanos no tienen nada que echarse a la boca esa misma noche y muchos de ellos niños. No estoy en la cama de Rajoy para saber si esto es así  o no pero su falta de soluciones demuestra que esto no es una prioridad para él y los suyos. El gurú al que me refiero es Leopoldo Abadía que no es ni mucho menos un marxista recalcitrante en sus postulados económicos.

Debemos crear empleo. Eso está claro. Y la creación de puestos de trabajo es, como no se cansa de repetir el PP, la mejor política social. Pero en el trayecto hacia ese objetivo, debemos ofrecer un tratamiento paliativo hacia quienes se han quedado fuera del mercado laboral y sin ingresos para subsistir. No debería ser incompatible una cosa con la otra.

Javier Peña
Portalparados.es

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