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Fe, esperanza y calidad

Voy a poner en casa un gran calendario en el que cada noche escribiré una buena intención que llevar a cabo al día siguiente. Es lo primero que miraré cuando me levante por la mañana. Empezaré por planteamientos fáciles, algo cuyo cumplimiento no se tuerza antes de llegar a la hora de comer. Por ejemplo, aprender una frase de inglés por día. Sin agobios.


Mi problema es encontrar un calendario a la altura. Ando buscando entre los de esas agrupaciones que echan una mano a gente con más necesidades que yo. Que las hay. Sin embargo, no está entre mis planes adquirir un calendario de señores en bolas. Muy noble su buena voluntad…pero innecesaria. Verán,  a mí me parecen muy loables los apoyos a personas con carencias. Sólo por eso compraría un calendario. Pero para ello no necesito que unos señores me enseñen más allá de lo necesario.

Y no lo digo porque ya tengo un maromo en casa bastante bien hecho, si no porque la solidaridad es suficiente por sí misma. Las exhibiciones, en los museos. No quiero tirar por tierra todo el esfuerzo de mucha buena gente que anda por ahí suelta. Pero sí hacerles ver que su finalidad es lo suficientemente buena como para provocar mi apoyo. Agradezco su valentía ( vistos algunos cuerpos, es lo menos que puedo reconocerles) pero creo que para otros años se lo pueden ir ahorrando.
Por lo demás, tengo una fe absoluta en este año que empieza. No sólo porque una vez que tocas fondo todo lo que puede pasar sólo puede ir a mejor, si no por razonamientos tan absurdos como que la suma de los dígitos que marcan el año suman par o el hecho cierto de que esa es mi absoluta voluntad. De siempre he pensado que para que las cosas me vayan medianamente algo tendré que poner yo de mi parte.


Además, a mí me han venido provocando. Y eso me “carga” las pilas. Los de la RAE, por ejemplo, con esos cambios ortográficos que acaban de “arrearle” a la mitad de mi vida. Toda la infancia aprendiendo de las causas objetivas de tildes, letras y sonidos y ahora resulta que don dije “digo”, digo “diego” y ya no valen. Me “pillan” a mí ahora en ese proceso de estudios y le tiro el libro a la cabeza al profesor de turno. Va a resultar que tenía más razón aquella compañera de colegio que no daba una cuando escribía un dictado que yo, que de  siempre fui una alumna aplicada en eso de la lengua. Como pista, que sepan que no callo.


Así que en esta primera semana del año alzo mi voz para “brindar” por no perder la fe en uno mismo, ni la esperanza en los demás. Pero eso sí, con calidad y razonamiento. Y con calidez, que buena falta hace. Ea.

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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