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Nº Parados 21/08/2018

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El altar de Penélope

De nuevo, el escritor, Pablo Vilaboy se acerca a nuestro blog para hablarnos de un reencuentro con un amigo después de diez años que terminó con un detalle sobre la necesidad de encontrar personas que refuercen las posibilidades de alcanzar un objetivo. Si encima esos referentes son los más próximos, los de la familia, la inyección moral puede ser aún mejor.  

Reencontrarse con un amigo tras más de una década de incomunicación mutua constituye una experiencia de alto riesgo. El contacto retomado con alguien importante dentro del conjunto de figuras que ejecutaron junto a ti una buena parte de la coreografía de la vida puede resultar un acto totalmente estéril o, por lo contrario, existe la posibilidad de sorprenderse ante la incandescencia de un sentimiento que creías apagado.



 

Hasta hace unos meses Carlos representaba una silueta amiga, aunque ya borrosa en la demarcación de mis afectos. Su recuerdo me traía el eco de todas aquellas risas que acompañaron de manera festiva a la inocencia de muchas ilusiones. Fuimos cómplices en la escalada abrupta que la adolescencia nos fuerza a emprender y también colegas de locuras varias. Compartimos penumbras anímicas y también alegrías alimentadas de inconsciencia y genuina esperanza. Ambos hacíamos honor a la pureza desinteresada que entraña la idea de amistad.

 

Fue Facebook el que, de forma enteramente casual, nos proporcionó la posibilidad de un nuevo acercamiento. La reaparición de Carlos abrió entonces la entornada puerta de un cariño antiguo pero perdurable por cuyo umbral comenzó a discurrir en ambas direcciones un flujo de información que enriqueció, actualizándolo, el conocimiento que cada uno atesoraba del otro.

 

Durante los meses que mediaron entre nuestro encuentro en la red social y el día en el que volvimos a vernos después de tantos años de distanciamiento, me familiaricé otra vez con el paisaje interior de mi amigo y nada hallé en él que hiciera variar mi noción de su persona. Felizmente casado, padre de dos hijas, con un buen trabajo acorde con sus intereses profesionales…Factores todos ellos decisivos en la edificación de lo que actualmente constituye su vida, pero que en absoluto noté que hubieran modificado la entidad de su carácter.

 

La tarde en la que acordamos reunirnos vino acompañado de Paula, su primogénita de unos hermosos quince años. Nuestra conversación se sumió en un arrollador oleaje de verborrea en cuya corriente la nostalgia todo lo anegaba. Fue aquél un diálogo desbordante transido por una entrañable calidez en donde apenas sí tuvo cabida la intervención de Paula. No obstante, durante un breve intervalo mi atención se desvió hacia ella con el propósito de enterarme sobre qué campo pivotaban sus preferencias de estudiante en lo tocante a su futuro profesional y fue ahí, en la hendidura que produjeron su respuesta y la posterior reacción de su padre en la uniforme superficie de la imagen consolidada que tenía de él cuando descubrí una desconocida dimensión del temperamento de mi amigo.

 

Quiero ser actriz.” – me confesó la muchacha con esa clase de pasión exultante que te reconcilia con aquella ardorosa ingenuidad pubescente que al madurar se mancilla de modo irrevocable y terminamos por rechazar frontalmente. No me extrañó la primera réplica que se apresuró a darle su progenitor exhortándola a que se centrara en carreras que ofrecieran perspectivas laborales mucho más estables y seguras. Carlos se ubicaba en la vía de la tradicional reserva paterna hacia cualquier inclinación artística de su vástago que pueda entorpecer sus posibilidades de ejercer una profesión de las denominadas “serias”, seriedad que bascula indefectiblemente entre la prosperidad económica que, se espera, le reporte al descendiente y el generalizado beneplácito social inherente a la misma. La línea conservadora de pensamiento que tan bien conocía en mi amigo se manifestaba bajo un modelo de paternidad que en ese momento juzgué razonablemente inmovilista.

 

Sin embargo, la sorpresa estaba por llegar. Ante las reticencias que había expuesto su padre, Paula razonó con notoria entereza: “Me doy cuenta de lo duro que resulta dedicarse a la interpretación. Ya sé que nunca llegaré al lugar que ahora ocupa una Penélope Cruz por ejemplo, pero quiero intentarlo.” Y he aquí que Carlos en vez de darle una lección de pragmatismo a su hija socavando la voluntariosa determinación filial mediante la utilización de su propia referencia a lo arduo de materializar su vocación y asestarle así un golpe de gracia al sueño de Paula, se rebeló contra lo humilde de la meta que la chica se estaba poniendo: “No, Paula. Si te empeñas en conseguir algo no has de ponerte límites. Si otros lo han logrado, si la Cruz ha alcanzado el estrellato, ¿por qué tú no has de poder emularla e incluso superarla?”

 

Nada más se dijo acerca el tema, pero el inesperado posicionamiento de Carlos ante la modesta actitud de su hija, alentándola a no cortarse ella misma las alas de su amor propio minusvalorándose sembró en mi la semilla de una admiración profunda que, desde entonces y cuanto más pienso en ello, mayor calado deja en el dibujo íntimo que albergo de él.

 

El apoyo honesto y estimulante con el que Carlos arropó a Paula aún a pesar de no estar de acuerdo con el rumbo vocacional que ella está dispuesta a seguir constituye lo que debería ser sustento de todo núcleo familiar: el amor incondicional como fuerza que propulsa y ampara a cada uno de sus integrantes.

 

Las complicaciones múltiples derivadas de vivir para satisfacer las exigencias consustánciales a una vocación determinada resultan más llevaderas si la creencia en nuestra propia valía es fomentada por alguien tan influyente como una figura paterna. Esa común convicción tendría que ser la fortaleza familiar donde siempre hallemos refugio en los momentos de flaqueza, no para abandonar la batalla sino para poder reanudarla con lustre renovado en la armadura de la confianza en nuestras propias capacidades.

 

Es gracias a seres humanos como Carlos que el altar del éxito y de la buena fortuna compartido por Penélope Cruz y otros elegidos no ha devenido ni devendrá en un coto cerrado a soñadores de toda índole.

 

Pablo Vilaboy
Escritor

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