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Nº Parados 23/04/2018

SEPE
3422551
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3766700

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Comenzamos la semana con la columna "Los lunes al sol" de la periodista María Díaz, con una reflexión sobre nuestra necesidad de estar comunicados y el poder de internet y las redes sociales en el mundo en el que vivimos. Estar conectados es muy importante, aunque nuestra compañera aboga además por la necesidad de mantener las relaciones personales cara a cara, las de toda la vida.

Comunicando, comunicando, comunicando

Comenzamos la semana con la columna "Los lunes al sol" de la periodista María Díaz, con una reflexión sobre nuestra necesidad de estar comunicados y el poder de internet y las redes sociales en el mundo en el que vivimos. Estar conectados es muy importante, aunque nuestra compañera aboga además por la necesidad de mantener las relaciones personales cara a cara, las de toda la vida.  

Todo vino al hilo de un debate sobre la incomunicación en el que he participado este fin de semana. Me informan, y de buena tinta, que está previsto, por los americanos, que parece que se lo saben todo, que las líneas de internet se caigan en un momento dado y nos quedemos todos “out”. Hemos puesto toda nuestra vida al servicio de las redes y ahora dependemos absolutamente de ellas. El día que hagan “plof”, ese día, el mundo se va a la mierda, con perdón. Pienso en la bolsa, por ejemplo. O en las órdenes que se ejecutan vía email que permiten que muchas personas puedan comer cada día. Hemos creado un monstruo en ese camino del progreso que incide en que nos comuniquemos mejor y ahora lo necesitamos para respirar sin queremos seguir vivos. ¡Córcholis!



Cuando me propusieron el tema me surgieron una variedad inmensa de vértices desde los que tratar el asunto. Hablé, por ejemplo, de lo importante que es para un parado seguir comunicado con el mundo porque es la única manera de acceder a un puesto de trabajo: que marquen tu móvil y te llamen para convocarte a la posibilidad de ocupar un lugar en alguna empresa. Recordé como hace unos pocos años una persona cercana a mí me comentó que se había sorprendido al ver a otra persona esperando en la cola de un comedor social con un teléfono móvil en la cintura. A mí, no. A mí me parece que si pierdes la posibilidad de seguir conectado al mundo tus posibilidades de integrarte laboralmente a él se te quedan en nada. Sé de parados que han tenido que renunciar a comer algún día para poder mantener un aparato de telefonía que les acerque a sus sueños: un trabajo. Las señales de humo aquí no funcionan. Si quieres optar a un sueldo no te desconectes. Las prioridades, en este mundo comunicativo y en teórico progreso, son más fundamentales que unos zapatos para caminar en busca de un futuro.

Pero luego te encuentras con esa gente que ha conseguido comunicarse tanto con el exterior que a los de al lado no les hacen ni caso. Pululaba esta navidad un mensaje en las redes que preguntaba, por cuestiones de “protocolo” y cargado de humor, en dónde se colocaba el móvil en la mesa en las reuniones familiares ¿a la izquierda o a la derecha?. Manda narices. Me he visto sentada en reuniones, vamos a decir, gastronómicas, en las que era difícil mantener una conversación de corrido con mis compañeros porque todos andaban controlando y utilizando su móvil. O para contestar mensajes, o para twitear dando el parte de la comida o vaya usted a saber para qué. Total que hemos conseguido alejarnos de quienes tenemos delante para acercarnos a los que tenemos a lo lejos. Así es más fácil mentir, por ejemplo. Porque la comunicación humana, la mirada, los gestos, un determinado color facial ocasional y espontáneo también nutren de información al de enfrente. Pero al que no te ve le puedes contar cualquier cosa. A ver quién lo desmiente.

Así que la idea de que se cayeran las redes temporalmente me empezaron a parecer hasta interesantes si no fuera porque traerían el caos y el caos sólo te arrastra a la ruina. Pero ¿y si probamos?  Por ejemplo, reunirnos con los amigos o la familia en casa de alguno de nosotros, desconectar el teléfono, desenchufar televisión y radio, abandonar los móviles apagados en el buzón del portal e intentar mirarnos a la cara y mantener conversaciones agradables durante un fin de semana. ¿Cuántos de ustedes creen que seguirían vivos después de 48 horas? Estoy segura que más de un cuadro de ansiedad aparece en el encuentro. Y, sin embargo, el planeta seguiría girando, el lunes podríamos ponernos al día y la limpieza mental con el que nos enfrentaríamos al mundo sería terapéutica. Pero no hay narices. Una pena. Creo en la comunicación, la necesito. Pero no me gusta que tanta información me incomunique de los míos.

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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