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Nº Parados 19/08/2018

SEPE
3135021
EPA
3490100

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El oficio de porquero, propio de los meses de invierno, cuando los cerdos comen la bellota, estaba prácticamente extinguido y ahora, debido a la falta de empleo en las ciudades, algunos jóvenes han decidido recuperarlo como medio de vida para obtener una rentabilidad.  

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El caso más significativo es el de dos hermanas de una aldea de la provincia de Salamanca.



Viges Sánchez tiene 29 años y carecía de trabajo, su hermana Luz, de 26 años, era peluquera y estaba desde hace algunos meses en paro, y el tercer hermano, José Sánchez, trabajaba en la construcción y tampoco tenía empleo.

Los tres han vuelto a la finca de La Jarilla, una alquería perteneciente al municipio de Zamarra, situado en la falda de la Sierra de Francia y junto al pantano del Río Águeda.

Allí se criaron con sus padres, que son ganaderos, pero, tras concluir los estudios, buscaron nuevas oportunidades en la ciudad.

Sin embargo, la falta de trabajo ha provocado, como les ha ocurrido a otras muchas gentes ligadas con el sector agrario, su regreso al medio rural

Desde hace un mes, Viges, Luz y José salen todas las mañanas con una piara de 130 cerdos ibéricos.

Los tres portan una vara lo suficientemente larga como para golpear las ramas de las encinas, con el fin de que caigan las bellotas que, más tarde, se comen los cerdos.

Las circunstancias no pueden ser más idóneas: este año hay muchísima bellota, el pienso está más caro que nunca (sobre 30 céntimos el kilo) y la crisis han provocado que apenas haya ofertas de trabajo.

Los tres hermanos están encantados con un oficio que nadie pensaría que se podría recuperar.

Los porqueros tenían antaño su sentido ya que los montes no estaban concentrados y, por tanto, cada una tenía que guardar de su terreno y acudir con sus marranos, cual pastor, para que fueran comiendo el fruto de sus árboles sin meterse en parcelas ajenas.

Los nuevos ganaderos prefieren rematar el cebo de los cerdos en las últimas dos semanas mediante pienso en vez de estar mañana y tarde cuidando de los cerdos en el campo, ya que no tienen tiempo para ello.

Sin embargo, la falta de oportunidades en otros lugares y el abandono en el que se encuentran los montes de encinares salmantinos, debido a la despoblación rural, hacen posible que el oficio del porquero vuelva a tener sentido varias décadas después.

Este año, los tres hermanos de la finca de Jarilla engordarán sus cerdos a la antigua usanza y serán ejemplares que, cuando ronden los 180 kilos a finales de diciembre se venderán en el mercado a un precio que rondará los dos euros por kilo.

Habrán sacado un buen jornal y su oficio de porquero les habrá merecido la pena.

 

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