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Nº Parados 13/12/2018

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Tres historias, tres, son las protagonistas de esta columna de Los Lunes al Sol que firma semanalmente María Díaz. Y las tres se refieren a mitos que desaparecen, se caen o nos sorprenden. Y es que la actualidad nos ofrece otras noticias más allá de la crisis de deuda soberana, la prima de riesgo o el plan Prepara. Hablemos también de ellas...

Se me están cayendo los mitos a cachos

Tres historias, tres, son las protagonistas de esta columna de Los Lunes al Sol que firma semanalmente María Díaz. Y las tres se refieren a mitos que desaparecen, se caen o nos sorprenden. Y es que la actualidad nos ofrece otras noticias más allá de la crisis de deuda soberana, la prima de riesgo o el plan Prepara. Hablemos también de ellas...  

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Vaya por dios: se me ocurre hablar de si el hombre ha llegado a la luna y va y se me muere Armstrong. El astronauta ¿eh?, que del ciclista también tengo algo que decir, pero eso será un poquito más adelante…También es cierto que el hombretón había cumplido sus años y, en consecuencia, gastado su tiempo. Está claro que visitar otros lugares, por muy lejos que estén, no te asegura la eternidad. En esta vida. Porque permanecer en la memoria de todos es como mantenerse vivo. Sin tener que pagar a Hacienda, eso sí.



Si me han leído en las últimas semanas habrán reparado en mi interés por la teórica visita del hombre a la luna allá por el año 69. No seré yo quién venga a decir ahora que para mí que estamos lejos de haber pisado el satélite dichoso, pero como estoy en el ajo, sí puedo decirles que técnicamente aquella conexión en directo resulta inviable incluso a día de hoy. Pero eran tiempos puñeteros, de guerra fría, de a ver quién llega antes a acá o a allá, y parece que los rusos sí encontraron el camino para cruzar los límites de la galaxia y plantarse en la cara oculta de la luna, tortazo incluido. Estaban los americanos para bromas en aquellos momentos- ni siquiera ahora- así que se jugaron el orgullo patrio a demostrar que son los más grandes. Y ahí estaba Neil Armstrong, enfocado por una cámara que no sabemos cómo llegó antes que él al conocido cuerpo celeste, porque si recuerdan el plano está tomado desde fuera.

Chapuza o no, el acontecimiento ha dado mucho que hablar y encumbró a la categoría de mito a este hombrecillo que apostó por lo sencillo en lo que le quedó de vida. Quizá porque era la manera de no meter la pata, vaya usted a saber. Pero lo cierto es que será siempre un héroe, un tipo de esos a los que miraremos con fervor durante generaciones. Bien porque llegó a la luna sin pretender abusar del asunto, bien porque si no lo hizo tampoco fue dando notas sobre la materia. Llegó o no, vio o no, venció y calló. Y no es poco.

Luego está el otro Armstrong, el otro héroe que iba para leyenda porque se comió el mundo subido en una bicicleta. Ya saben, ese aparato de dos ruedas sobre el que yo apenas me sostengo. Pero ha tirado la toalla ante la acusación de dopaje. No sé si porque está harto de la mancha o porque no vale la pena seguir por un camino del que no iba a salir airoso. Bien que lo siento. Un héroe siempre es un héroe y bastante mal ha tratado el deporte a los ciclistas como para que nos vayan empujando los mitos a las cunetas. El problema es que éste Armstrong, en el paseo desde la gloria, ha echado toda la mierda que ha podido sobre nuestros deportistas. Para luego acabar sucumbiendo al mismo dedo acusador. Cuando uno se ha hecho merecedor de tantos méritos, cuando ha conseguido que los chavales lleven su foto en las carpetas o empapelen las paredes de sus dormitorios con su retrato, lo menos que le queda es reivindicar su honor hasta el final. O confesar públicamente que ha sido un tahúr que se hizo un nombre a base de trampas. Pero ni lo uno ni lo otro: sólo una rendición por la puerta de atrás que huele a chamusquina.

Y para rematar la semana, aparece esa octogenaria, atrevida , que no valiente, que en su inconsciencia supuso que restaurar una obra de arte era como elaborar lentejas para la familia: cuestión de tesón y tiempo. Mal por ella que desconoce sus limitaciones – ¿no va a ir nadie a pedirle que enseñe los cuadros que dice haber pintado con tanto éxito a lo largo de su vida?-; mal por el párroco que la dejó al pie de los caballos llevándose a “andanas” cuando sabia perfectamente de las labores voluntariosas de la abuela; y mal todos los que dejaron que un cristo tan importante artísticamente hablando, en ello insisten familiares al menos, se degradara hasta el punto de que una sencilla vecina decidiera ocupar su tiempo libre en ponerlo al día. El abandono es lo que tiene: hasta que no la cagamos no atendemos. Y la pintora de marras, que iba para heroína, anda metida en cama con un alipori provocado por las buenas intenciones que no por las necesarias condiciones para acometer la obra de la que quiso hacerse cargo. Se me están cayendo los mitos por momentos. Y así, no vale.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

 

 

 

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