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Nº Parados 19/09/2018

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En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz se fija especialmente en esos anuncios televisivos que nos han acompañado durante toda nuestra vida. Hay verdaderos aficionados a ellos que analizan al milímetro cada uno de los fotogramas, de los sonidos que los acompañan. María es una de ellas y esta columna puede servir para cualquiera de vosotros que también lo seáis.

Publicidad, bendito viaje

En esta columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz se fija especialmente en esos anuncios televisivos que nos han acompañado durante toda nuestra vida. Hay verdaderos aficionados a ellos que analizan al milímetro cada uno de los fotogramas, de los sonidos que los acompañan. María es una de ellas y esta columna puede servir para cualquiera de vosotros que también lo seáis.  

Quizá a ustedes el universo de la publicidad no les llame la atención pero yo confieso, en mi impudicia, que a mí me resulta verdaderamente seductor. Tanto como misterioso. Cuando un anuncio me gusta, sobre todo televisivo, lo analizo hasta la hartura y me pongo en la piel del que lo “parió” para intentar averiguar cómo llegó a ello. Y cuando no me gusta, tres cuartos de lo mismo. Porque está claro que mentes más preparadas que la mía, y un excelso cliente, le han dado el visto bueno.



Hace años, el spot de un producto inexistente ganó el certamen publicitario de Donosti. Puede que lo recuerden: en un convento a la monjita que limpia las figuras de la capilla se le rompe el “pitilín” de un niño Jesús y consigue repararlo gracias a un maravilloso pegamento. Sólo que la parte reparada ha sido colocada al revés, con el consiguiente mensaje erótico del asunto. Pero todo tiene arreglo, porque el producto que se anuncia es tan milagroso que se despega y pega de nuevo sin problemas. Hará de esto más de 15 años pero, hasta lo que yo sé, este artículo no ha existido en el mercado hasta el año pasado. Unos genios estos creativos que van dando pistas de lo que la sociedad reclama.

Otros “ganchos” no me llegan. Pero está claro que envían un mensaje que provoca una reacción. Lo que los expertos denominan como “proceso mecánico estímulo-respuesta”. Te parece soso el anuncio, pero te fijas en él. Conclusión, es bueno. Otros te hacen gracia, el humor es fundamental en este mundillo, y lo comentas con los amigotes en el bar…pero no eres capaz de recordar qué producto vende. Mal asunto.

Los anuncios son como películas pequeñas, a veces tan bien llevados a cabo que valen más la pena que el largometraje que cortan. Alguien dijo alguna vez que una película es “eso que te dan a trozos entre anuncio y anuncio”. Y si es verdad que los bloques publicitarios excesivamente largos te fastidian cualquier visionado, también es cierto que, en ocasiones, es lo mejor que puede ocurrirte. ¿Se acuerda usted de algún spot que le haya hecho especial gracia? ¿Ha comentado con sus amigos sobre alguno de estos mensajes? ¿Entiende toda la información que los anuncios le ofrecen? ¿Cuántos productos que nunca necesitó compró seducido por el arte de los creativos publicitarios?

Han sido testimoniales. Testigos y espejo de cada época. De aquellos tiempos en que los detergentes llevaban “puntitos amarillos” a los microactivos del momento. De los electrodomésticos que ayudaban al ama de casa a sobrellevar las duras tareas caseras a los aparatos modernos que contribuyen a la tranquilidad familiar porque ahora el hogar es cosa de todos. De lo que era “cosa de hombres” a lo que ahora nos une más que nos separa. Se recuperan canciones de autores ya muertos que bien orgullosos hubieran estado de que una composición suya se convirtiera en el jingle de una promoción cualquiera. Gafas que vuelan, niños que quieren ser un coche último modelo, teléfonos dignos de los marcianos, comida instantánea perfecta para saborear como los platos de una madre, perfumes que te convierten en la reina de la fiesta a la que ni siquiera has ido y qué voy a decirles de los desodorantes…

Si yo pudiera, me lo compraba todo. Pero tengo la sensación de que casi todo lo que me enseñan en los canales televisivos no va conmigo. Los tiempos no están para lujos y, al final, no hay mejor promoción que la del precio más barato en el súper. Fuera de ahí, los escaparates ni los miro. Si acaso, para educar el gusto y ponerme a tunear lo que me queda en el armario. Pero miren, el ratillo que me siento ante la caja tonta estoy deseando que empiece la publicidad para disfrutar un rato.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

 

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