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Nº Parados 23/09/2018

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3182068
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En esta columna de "Los Lunes al Sol", la periodista María Díaz lo dedica a una de las víctimas más claras de la crisis: los niños de familias que viven al límite o sobreviven. Como ella afirma, el inicio del curso escolar ha supuesto un dolor de cabeza para muchas familias pero es un verdadero suplicio para quienes ya no tienen ni lo imprescindible en su casa. Mientras debatimos sobre el tupper, nuestra colaboradora mira más allá...

No me gusta que la crisis la paguen los niños

En esta columna de "Los Lunes al Sol", la periodista María Díaz lo dedica a una de las víctimas más claras de la crisis: los niños de familias que viven al límite o sobreviven. Como ella afirma, el inicio del curso escolar ha supuesto un dolor de cabeza para muchas familias pero es un verdadero suplicio para quienes ya no tienen ni lo imprescindible en su casa. Mientras debatimos sobre el tupper, nuestra colaboradora mira más allá...  

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Le prometí a Mari Carmen, una lectora, que me haría eco de su desolación e impotencia y quiero cumplir mi palabra. Me escribía hace días contándome sus avatares con el plan Prepara. Sobre el papel, una teoría, no vamos a decir que preciosa (en este país se han empeñado en dar ayudas mínimas bajo la sospecha de que el paro es un hermoso lugar donde habitar en el mundo) pero alentadora: el Estado está ahí, Mari Carmen, no te desanimes. Pero resulta que no es verdad, que la lectora ha escuchado ya todo tipo de excusas pero el dinero no lo ha visto. Que si un error informático, que si no hay crédito, que tenga paciencia…Me da la sensación de que aquí alguien cree que somos hermanos de Paris Hilton y que nuestra supervivencia, fea palabra pero de necesitado recurso, depende del cofre que tenemos en casa lleno de oro y joyas. ¡Cómo si estirar la miseria fuera fácil!.



Y ésta es la palabra que nunca hubiera querido pronunciar: “miseria”. Pero observo que en ese límite se mueve ya mucha gente que hace mucho que no encuentra trabajo, que es carne de cañón para la explotación, que ha perdido la esperanza en el futuro porque ya ni siquiera el presente le responde. Y me viene a la mente la cifra de niños pobres que viven en mi país, y se me ponen los pelos de punta. La infancia tiene que ser otra cosa, y no puede ser que estemos legislando para que los niños transiten por las carencias mientras hacemos ostentación del lujo en las televisiones o en las marquesinas.

Ahora se han quitado las ayudas a los comedores y se ha impuesto una patética moda, la del tupper, cuando todos sabemos que la única comida decente que pueden hacer muchos chavales al día, o podían, es la que les daban en sus respectivos centros educativos. ¿Qué van a poder llevar esas criaturas en la fiambrera? ¿Con qué dolor se levantarán tantos padres por las mañanas para ver que obtienen de un frigorífico vacío? ¿por qué nos estamos cargando el mejor momento de la vida de un ser humano?

Luego están los “distingos”, las clases. Pero las clases sociales, las de tú tienes que venir con tupper al cole porque no tienes dónde caerte muerto. Eso sí, la comida la pones tú, pero la pasta la sigues soltando bajo la excusa de que hay que pagar para que se encarguen de que el niño coma. Desde que un crío franquea la puerta del centro en el que se suponele educan, la responsabilidad de que el muchacho esté atendido es del centro. ¿Qué es eso de pagar por un servicio que debería estar más que contemplado? ¿O es que cuando un chaval se cae en el patio y se hace una herida sólo le curan si se abona el dinero correspondiente al gasto que se hace por ponerle agua oxigenada, betadine y, el colmo del despilfarro, una tirita? ¿O es que se cae porque no se ha pagado a nadie para que controle a los niños en el recreo y ahí está el problema?

Por favor, empecemos a reclamar el derecho al futuro. Y eso empieza por respetar y defender a nuestra infancia. Que es, lo miremos como lo miremos, lo mejor que tenemos. No permitamos que haya infancias de primera e infancias de tercera. Porque los chavales son una inversión y, sobre todo, seres humanos. Al margen de que hayan nacido de un color u otro, o en una familia u otra. Y en pocos meses, hemos convertido la educación en un lujo para ricos y las escuelas en un suplicio económico para las familias más endebles.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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