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Nº Parados 15/07/2018

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Hoy, en su columna "Los lunes al sol", la periodista María Díaz recuerda al primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, fallecido este domingo en la Clínica Cemtro de Madrid. Su muerte ha servido para que muchos recuperemos lo que él perdió hace años por culpa de la enfermedad: la memoria.

Memoria: pelearla o perderla

Hoy, en su columna "Los lunes al sol", la periodista María Díaz recuerda al primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, fallecido este domingo en la Clínica Cemtro de Madrid. Su muerte ha servido para que muchos recuperemos lo que él perdió hace años por culpa de la enfermedad: la memoria.  

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Resulta difícil abstraerse del hecho obvio de que ha Adolfo Suárez ha dejado de respirar, hace mucho que dejó de saber en qué mundo vivía, cuando el bombardeo informativo ha sido el que ha sido. Merecido, vamos. Pero llamativo. Todo loas para un hombre que se manejó solo ante el peligro. Todo loas para el político de aquellos políticos que han hecho por su esfuerzo por traer la democracia a este país una patraña. Todo loas para el hombre que se dejó la memoria herida en algún lugar entre la muerte de su mujer y la muerte de su hija. Los suyos habrán sufrido mucho, es innegable. Pero él se ha ahorrado un montón de soponcios. Si hubiera visto el frágil concepto de democracia en que vivimos hoy en día le hubieran temblado las canillas.



Yo creo que la demencia fue el escondite de Suárez, ese lugar en el que ocultarse del daño injusto al que estaba siendo sometido. En sólo 5 años hizo más por este país que ningún otro gobierno, quitando las libertades sociales de Zapatero que tanto quieren esconder. Pero no le respetó nadie. Ni el PSOE del momento, ávido de poder, ni su propio partido, para quienes sobraba un tipo que había sacado los pies del tiesto.

Quizá entonces si hubo “centro” políticamente hablando. Porque lo que es ahora. Todos se posicionan ahí pero ninguno está. El ideario no es malo, sobre todo si apunta hacia la convivencia, el respeto y la dignidad.

¡Ah! La dignidad. La muerte de Suárez ha enturbiado la manifestación del 22 de marzo. El pueblo levantado en masa, yo estaba allí, para reclamar los derechos que quienes tienen que defender no trabajan. El pueblo que creyó que la democracia de este país valía para algo. La democracia del bienestar por el que peleó Adolfo, un chico de Cebreros al que un día le debió recorrer un escalofrío por el cuerpo cuando el rey Juan Carlos le asignó una difícil tarea: construir una España para todos sobre los despojos de una guerra civil que había dejado ciudadanos de dos categorías durante 40 años. Se esmeró Suárez en hacerlo lo mejor posible aunque hayan sido saliendo vacíos en el camino. Huyó por el camino del olvido en el momento oportuno y ahora, ya muerto, se queda si ver cómo se les cae la baba a todos aquellos que, o bien le abandonaron, o bien se han olvidado de su esfuerzo. Pero una muerte. Y más ésta, es un perfecto velo para tapar la realidad más dura: cientos de miles de personas se sienten tan olvidados como el padre de la democracia en este país en su momento. Pocos para cómo nos trata la vida. Y esos cientos de personas, políticos al margen, no cuentan con ellos, han elevado un grito de dolor que muchos no quieren escuchar. Mostrarse insensible a la queja ciudadana es hacerle un flaco homenaje al hombre que un día le dio la espalda a la vida quizá porque la vida ya se la había dado a él.

Suárez dejó la memoria en el camino. No la dejemos nosotros y recordemos que hace casi 40 años nos ilusionamos con un futuro que ahora no es un presente. Lo que es nuestro no nos lo puede quitar nadie. Se lo debemos al hombre que ahora recibe honores de estado, ahora que yace en una caja, ahora que no se entera. Ya lo dice la biblia. “dios te libre del día de las alabanzas…porque ese día estás muerto”. A Suárez le han enterrado tres veces, tres veces le han dado por muertos, tres veces le han visto cadáver: cuando consiguieron que se fuera del gobierno y hasta de la política; cuando se parapetó en su propio olvido y cuando dejó de respirar, que ya era lo único que le quedaba.


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