www.portalparados.es

Nº Parados 10/12/2018

SEPE
3252867
EPA
3490100

Nº Parados 10/12/2018

SEPE
3252867
EPA
3490100
cursosbanner

Marcos sigue el relato de su experiencia. Ya está parado, ha recibido la carta de sus jefes, ha recogido todos sus recuerdos y debe comunicar su nueva situación a su familia, un momento difícil, sin duda.  


Caminaba despacio, cabizbajo, un poco grogui. Era esa sensación que uno tiene a veces, cuando ocurre algo negativo en su vida, de estar en un sueño del que terminará despertando. En algunos momentos de lucidez mental, me preguntaba qué había pasado, ¿por qué a mi? No me habían dado ninguna explicación clara sobre los motivos de mi despido, tan sólo que la empresa iba mal y que debían recortar gastos de personal. Después de 20 años, uno tiene la sensación de que su vida sólo vale lo que el cheque de la empresa dice, o sea, una miseria.

Indudablemente, y a pesar de las escasas explicaciones, uno repasa rápidamente qué puede haber hecho mal. Supongo que es inevitable sentirse culpable, pensar que algo he hecho mal para ser yo el elegido y no cualquier otro de mis compañeros. Sin embargo, he trabajado en un departamento donde el trabajo es bastante mecánico, no había mucho margen para destacar ni para lo bueno ni para lo malo. Nunca me demoré en realizar mis tareas, no se puede decir que fuera menos lento que el resto de mis compañeros o que no me hubiera adaptado a las nuevas tecnologías. ¿Por qué a mí? En ese momento, al menos, no se me ocurrían razones aunque no dejaba de sentirme culpable… no sabía de qué, pero culpable.

Junto a esos sentimientos, se me agolpaba la tristeza de pensar en la reacción de Laura, mi mujer, acostumbrada a una vida cómoda que podía terminar con esta noticia. Laura era una persona extremadamente sensible, frágil si me apuran, no destacaba por su espíritu de lucha y sinceramente pensé que sería un varapalo para ella aún mayor que para mi. Era incapaz de elaborar mentalmente el discurso en el que le notificaría mi despido sin traumas.

Cogí el coche. El trayecto hasta mi casa duraba una media hora. Nunca hasta entonces se me había hecho tan largo. Normalmente se me pasaba en un suspiro pero en aquella ocasión parecía no llegar nunca. Estaba deseando esconderme, tenía la sensación  de que el resto de conductores adivinarían mi situación y hasta me pareció que miraban con cara de compasión, un semblante similar al de mis ya ex compañeros cuando salí del despacho con la carta de despido. En cada semáforo, tuve la sensación de que me miraban más de lo habitual, como si llevase un cartel puesto con lo que me había ocurrido.

Finalmente acabó el trayecto y llegué a mi casa, un pequeño piso de unos 50 metros cuadrados en el que  vivíamos los cuatro. Mi mujer había ido a recoger a la pequeña mientras el mayor, ya con 13 años, regresaba un poco más tarde del instituto. Por tanto, allí estaban mis dos “mujeres”, mi hija viendo uno de esos canales de series de dibujos infantiles, Laura dando los últimos toques a la menestra de verdura que pronto estaría servida en la mesa.

Todo a mi llegada a casa suele ser muy protocolario. Dejo las llaves del coche y los documentos en la mesita situada al lado de la puerta de entrada. Beso a mi hija que parece hipnotizada por la televisión y me encamino a la cocina para hacer lo propio con Laura. Soy un poco maniático y de ahí me dirijo al cuarto de baño para descargar un rato y lavarme las manos para la comida. Es todo un ritual que con escasos matices, realizo desde que tengo uso de razón.

Pero ese día cambió, increíblemente esa carta que me acompañaba y ese cheque habían logrado alterar mi rutina. Besé a mi hija pero en la cocina, Laura adivinó inmediatamente que era portador de malas noticias. Llevábamos quince años casados y ya me conocía en profundidad, era capaz de adivinar mis pensamientos con solo mirarme. Después de pensar tanto en cómo se lo diría, no hizo falta demasiados preámbulos. Enseguida me preguntó qué me pasaba y sin más remedio se lo conté.

A pesar de mi idea inicial, se ve que yo tampoco la conocía tanto. En lugar de la tragedia que me imaginaba al recibir la noticia, Laura se acercó a mi , tan sólo me dio un abrazo y en un tono de voz dulce, me susurró “hacía tiempo que debías cambiar de rumbo profesional y a lo mejor ahora es el momento”. Esa frase se me quedó marcada a diferencia de las otras conversaciones que tuve ese día y supuso un alivio en mi situación. Siempre es bueno que la gente próxima guarde la tranquilidad que tú eres incapaz de tener en ese momento.
Le conté a Laura los detalles de mi despido, cómo me sentía y la dichosa pregunta “¿por qué a mi?”. Parecía una pregunta casi bíblica y ella no puse qué contestar, apenas bajó la mirada, se encogió de hombros y continuó con la menestra que  nos íbamos a almorzar. Mi mujer me había sorprendido, parecía mucho más entera que yo y no era lo habitual en estos años de convivencia. De pronto, me dio por pensar que quizás había sido de esas noticias que uno no acaba de asumir hasta horas después. Quizás era eso, me convencí.

El caso es que me fui al cuarto de baño, no podía ser que me cambiase tanto la vida como para no visitarlo como era mi costumbre. Allí me tomé más tiempo de lo habitual, de repente todo era más pausado, el tiempo corría más tiempo, de mi mente había desaparecido la idea de organizar alguna actividad para el puente junto a mi familia. Me atormentaba la idea de descubrir qué pasaría el próximo martes, cuando me levantase y  no tuviera que ir a mi trabajo. ¿Cómo afrontaría esa situación tan nueva para mí?

Solo interrumpió ese pensamiento la llegada de David, mi hijo mayor. Teníamos una relación especial y siempre me gustó su carácter abierto y despreocupado. Era ya un chaval y mi único temor es que este despedido rompiera con esa especie de “adoración” que siempre había sentido por su padre. ¿Cómo pasaría de ser casi su dios a simplemente un ser humano? En fin, me enfrenté cuanto antes a la situación, salí del baño y le besé. Sólo tardé un minuto en contárselo y lo hice con sumo cuidado, como intentando dejarle claro que su protector no le iba a dejar desamparado. David no pareció darle la mayor importancia, me comentó que los padres de dos de sus mejores amigos también habían pasado por esa situación. Quizás por eso, la sorpresa para él no fue tanta….. (continuará)


Boletín de noticias: te ofrecemos la posibilidad de estar al tanto de las novedades que te ofrecemos desde las secciones informativas. Pulsa aquí para registrarte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cursosbanner