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Nº Parados 10/12/2018

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Hoy la periodista María Díaz, en su habitual columna de "Los lunes al sol" reflexiona sobre los límites de cada ciudadano, con empleo o no, con vivienda o no, para disfrutar libremente de la calle. Ese espacio que es de todos pero que cada vez está más y más regulado por los ayuntamientos.

¿De quién es la calle?

Hoy la periodista María Díaz, en su habitual columna de "Los lunes al sol" reflexiona sobre los límites de cada ciudadano, con empleo o no, con vivienda o no, para disfrutar libremente de la calle. Ese espacio que es de todos pero que cada vez está más y más regulado por los ayuntamientos.  

Aunque Manuel Fraga sostuviera lo contrario, la calle es de todos. Tan de todos, que para poder disfrutarla es importante respetar unas normas de convivencia… pero sin pasarse. Porque si de algún sitio no te deben poder echar es de la calle. Para muchos está siendo su refugio en tiempos de crisis, y ya es triste decirlo. Sería “de cajón” que todos cuidásemos un poco aquello que nos pertenece, aunque lo compartamos con el universo, pero tampoco ahí parecemos sacar lo mejor de nosotros mismos.



De ahí, a intentar regularizar la vida en la calle como si de un internado se tratase, creo que hay una diferencia. Me parece muy bien que se vigile que no tengamos las aceras hechas una mierda, es más, a mía también me gustaría pensar que lo que no te parece bien hecho en tu casa tampoco lo está en la calle. Vamos, que sería estupendo que el personal supiera para que existen las papeleras y cuál es su uso. Eso se enseña a los niños con mucha teoría para después indicarles lo contrario con la práctica. También sería deseable que Madrid dispusiera de más recipientes en los que volcar las cosas que nos van sobrando, porque el otro día me costó casi media hora localizar una papelera en la que depositar el papel de un caramelo…

También me parece estupendo que ciertos balcones, por muy bonitos que estén, no luzcan macetas “arriesgadas” en sus composiciones. La belleza de un balcón da otra luz a una calle, pero no a riesgo de romperte la cabeza, que un mal viento ha hecho estragos con las plantas mal colocadas. Por ahí, la cosa va bien.

Ahora, que multen a los mendigos, como si lo suyo fuera un lujo, un capricho, un “snobismo”, eso, me parece irracional. Nadie está en la calle por gusto. La calle es lo que queda cuando ya no te queda nada, el refugio de los “malasuerte”, de los perdedores aunque a veces sólo lo sean ocasionalmente. La calle es el “hogar” que no quieres tener porque ni siquiera es un hogar. La calle es el espacio que  muchos se han visto obligados a compartir con desconocidos cargados de manías. La calle te hace arisco, desconfiado…y dependiente de la generosidad del que pasa. Mendigar es una desgracia que les permite comer a muchos. ¿Y hasta eso les vamos a quitar? Porque, cuando la alcaldía de Madrid dice que la mendicidad viene a estorbarle, lo único que se le ocurre es agravar su situación en vez de ponerle soluciones. Y, por lo que se ve, en algunos sitios, los pobres molestan más que en otros. Por ejemplo, en hospitales o centros comerciales. A mí me gustaría que no hubiera mendicidad en las calles, pero escondiéndola no lo arreglamos. Esta sociedad tiene mejores resortes para acabar con la miseria que poner trabas a los escasos resortes de que disponen algunos para ir tirando en esta vida.

Tampoco entiendo en qué molestan músicos o artistas variados, a algunos de los cuales agradezco tremendamente que me alegren ciertos días. He visto parejas mayores tocar el violín en una céntrica calle de Madrid y me ha dado miedo, soy así de cobarde, preguntarles por sus condiciones de vida y por unas pensiones que a lo mejor ni existen. Los veo ahí, a los dos, una pareja hermosa en su manera de mirarse y me imagino cómo será cada despertar y cada regreso a un hogar que no sé dibujar. Si les quitan eso, ¿qué les queda? Ni a mí ni a nadie nos obligan a darles algo de nuestra calderilla. Es un acto voluntario, que cada uno ejercita según su criterio. No sólo no molestan, le ponen hilo musical a nuestro día a día. Una manera tan honrada como otra cualquiera que asegurarse un poco de pan.

Ni siquiera me molestan tarotistas ni demás “creativos”. Me limito a mirarlos. Forman parte de un gremio que ahora dispone de mucho espacio en las televisiones patrias. Por lo que supongo, que si es licito para un lugar lo será para otro. Y si decido tirar mi dinero con ellos, será mi problema. Y mi libertad. Y esa es la que no quiero que me quiten nunca. Por muy pobre que sea.

 

María Diaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

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