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Con el NODO, hasta vivíamos mejor

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Lo recordábamos el otro día en una reunión familiar. Eran otros tiempos, pero, tal como la película, va a ser que valen. En mi infancia, nos atendía un dentista llamado Ubaldo, don Ubaldo en la consulta, Ubaldo cuando llegaba a casa cargado de puzzles para amenizar nuestra infancia, que le echó, y no se me ocurre otro término para describirlo, «dos cojones» a la vida para sacar a su familia adelante.

Médico de pueblo en una Andalucía que miraba al futuro con escasas posibilidades, padre de 7 u 8 hijos, no lo recuerdo bien , pero qué más da, este hombretón se lo jugó todo a una carta para dar un futuro a sus vástagos y renunció a su puesto para montar una tienda de cinturones y otros asuntos en Madrid. Apostó…y ganó. Todos sus hijos hicieron carrera universitaria. Colaboraron ellos en lo que pudieron, no hay duda. Su único hijo varón, quien llevaba su mismo nombre y a quien recuerdo con un especial cariño porque me enseñó a montar los puzzles, uno de los juegos que más me ha gustado en esta vida, para apoyar a la economía familiar se sostenía trabajando en verano de chofer de alguna señorona que necesitaba que un tipo de postín le llevará de acá para allá en la Málaga de los años 60. Le recuerdo cuando venía a mi casa a ayudarme en mis juegos y cuando, al día siguiente, le saludábamos, vestido de traje mientras esperaba de pie a la clienta de turno. Así se hizo una carrera. Una carrera de medicina y una carrera buena. Lamentablemente murió joven, pero espero que orgulloso de la nobleza, esfuerzo e inteligencia que le puso a su vida.
Lamentablemente los jóvenes de ahora no tienen ni esas posibilidades a pesar de que creo que aquellos tiempos y estos se diferencian en poco: ricos muy ricos en camino de ser cada vez más ricos y pobres a los que se les exige un esfuerzo al cubo para tener una opción que les saque del oprobio de la falta de recursos. A cuántos de nuestros jóvenes les gustaría tener la opción que tuvo Ubaldo, y que nadie le regaló (lo suyo le costó, me acuerdo de él todos los días), para poderse financiar unos estudios, o sea, una preparación, o sea, un futuro.
 
Es penoso, pero los anuncios de trabajo se me empiezan a confundir con las esquelas. Fíjense bien: mismo tamaño, mismo diseño y, si me apuran, mismo texto. Antes, las páginas sepias de los periódicos dominicales iban a la basura de inmediato. Ahora, se guardan, se leen, se releen. Pero nada. Casi todas las ofertas de trabajo, muchas horas, poco sueldo, van en marcadas en unos rectángulos que huelen a muerto. Alguien va a tener que empezar a diseñar los anuncios laborales porque, si no, avisarte de una posibilidad de trabajo va a oler a muerto, como las esquelas. O como las minas. Que seguimos enterrando a gente que pensaba en jubilarse y no dentro de mucho. Estamos echando tierra sobre nuestro futuro a más velocidad de la que calculábamos. Y yo, de paso, echando de menos otros tiempos. ¡Ay! y eso sí que me preocupa.
María Díaz
Periodista

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