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Jordi Evolé, lúcido y genial

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Lo confieso: Jordi Évole me gusta y me gusta mucho. Porque tiene dos pelotas bien puestas, capacidad para hacerse eco de por dónde va la vida y ganas de jugar con las posibilidades que un medio como la televisión le ofrece. Me lo avisó un amigo: lo que veremos el domingo por la noche en la tele es una recreación del 23-F al estilo de “La guerra de los mundos”. ¡Qué magnífica idea!. Porque a mí, Welles me parecía un genio y aquella experiencia, si no fuera por las vidas que se llevó por delante, un ejercicio de genialidad que no pude vivir en mis carnes. Lo que pasa es que Garci está muy lejos del americano (aunque parece que Garci no lo sabe). Sin embargo, Évole sí está cargado de “luz”, de ingenio, de arte. Quizá reúna en su cerebro más arte que el que hayamos podido ver este año, es un poner,  en ARCO. Por cierto, interesante feria, entiendo que especialmente para aquellos que aún pueden comprar en este tipo de mercados y para los que el gobierno ha tenido a bien bajar el I.V.A. ¡La de parados que andaban sin llevarse un Picasso a casa por aquello de que el impuesto sobre el valor añadido estaba por las nubes!

Pero volvamos a lo que nos ocupa. Bueno, o me ocupa a mí en este momento. Creo que les he contado alguna vez que he ido aparcando el aparato televisivo porque ya no espero nada de él. Y las relaciones persona- medio de comunicación tienen que ser como un buen romance. El día que ya no hay feed-back ya no queda nada por lo que apostar. Pero llega Évole y despierta mi curiosidad. Ha conseguido las mejores declaraciones colocándose en el lugar del ciudadano medio, ese que no sabe por dónde hincarle el diente a la puñetera vida que le ha tocado en suerte. Las preferentes, por ejemplo, son una vergüenza nacional que el gobierno no se ha atrevido a torear (eso es lo que les importan sus “súbditos”) mientras nos crujen a impuestos para pagar el agujero que la banca nos ha hecho en el alma y en el bolsillo. O aquel desastre del metro de Valencia, que moría en el letargo del abandono político hasta que este “enfant terrible” decidió escuchar a los dolientes familiares de las víctimas.

El asunto es que hay que sentarse con muchas ganas a ver “Salvados” porque cada programa es una bofetada en la esperanza. Zas,zas, zas. Todos los domingos aparece este hombre, lúcido y genial, y te pone en el escaparate televisivo un tema ante el que te tienes que quitar la venda. Y, a veces, con la venda no se vive mal.

Lo de anoche fue una “broma” muy bien hecha, un divertimento que nos permitió sonreírnos y hasta reírnos con un tema tabú en este país. Cierto que no había acabado febrero del 81 y ya estábamos contando chistes sobre el asunto. Pero después, hemos ido descubriendo que se nos ocultaban las verdades del histórico día y nos han dejado la posibilidad de imaginar. Pues imaginemos. La ficción es lo que tiene: que te deja caminar por senderos tan absurdos como creíbles. Quién dice que las cosas no fueron así o “asao” si no sabemos de la media a la mitad. Pues p’adelante.

Además, anoche supimos que nuestros políticos guardan cierto sentido del humor en alguna parte porque se han prestado a este juego de elucubrar sobre la historia. ¡Ay, durante un rato me he reconciliado con “esa” clase!. Y de audiencia, hasta arriba. Junto a la “broma” de los negociadores vascos, que hubieran avanzado más en una ferretería, los dos temas del día y de la semana.

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

 

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