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Nº Parados 21/05/2018

SEPE
3335868
EPA
3796100

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Marcos ha pasado el puente en un ambiente eminentemente familiar, tras haber recibido la noticia de su despido. Su camino por el mundo del paro acaba de iniciarse. Os recomendamos a aquellos que no lo habéis hecho, leer los capítulos anteriores y recordaros que las situaciones son sólo producto de la imaginación del autor.  


Había pasado todo el puente tratando de evitar que mi cabeza diera más vueltas de la cuenta. Es más quise afrontar mi nueva situación de un modo positivo. Aunque los telediarios no paraban de hablar de la crisis, del terrible aumento del número de desempleados, me convencí de la necesidad de tomármelo con una cierta tranquilidad. Había trabajado veinte años seguidos con la sola pausa de los periodos de vacaciones. Ahora sería el momento de parar por un momento y reflexionar sobre el camino que recorrería a partir de ese momento. Tuve la tentación también de mirar hacia atrás, de preguntarme en qué había fallado para ser yo el elegido, o uno de ellos. Sin embargo, pensé que en realidad no había sido un despido disciplinario, y por tanto, el criterio por el que fui seleccionado, sólo lo conocían las personas que habían tomado la decisión y que no me habían dado una explicación clara. Quizás porque no existía, no lo sé.

El lunes por la noche me fui a acostar temiendo uno de los momentos para mí más duros, el de levantarme el martes, el primer día laborable tras mi despido. Sería ese día en el que verdaderamente iba a notar los cambios que se habían producido en mi vida en las últimas horas. Con una cierta tristeza nostálgica, recordé cómo me había quejado tantas y tantas veces de los dichosos lunes, aunque en este caso fuese martes. ¡Qué divina queja tienen los que poseen trabajo! ¡Y qué poco lo valoramos cuando estamos en esa situación! Cuantas veces había tenido la tentación de “ponerme enfermo” al día siguiente, aunque mi sentido de la responsabilidad jamás me lo permitió.

Y llegó la mañana… Me desperté a las 7 de la mañana, podía haberlo hecho un poco más tarde pero las costumbres no se pierden de un día para otro. Quise sorprender a mi familia y preparar yo mismo un buen desayuno, uno de esos que pocas veces podemos permitirnos cuando las prisas del día a día nos invaden. No tardaría mucho en levantar a mi mujer y sobre todo, a mis dos hijos que esos sí que tenían un horario que cumplir. Yo me había propuesto esa mañana la tarea de acudir al “Inem” para formalizar mi nueva situación como demandante de empleo que es como finamente nos llaman. Pero antes quería llevar a mi hija al colegio, lo único que me quedaba de mi anterior vida, aquella que me arrebataron el viernes anterior.

Los desperté. Mi pequeña siempre era un poco perezosa pero ese día se levantó como un relámpago, era como si adivinase que era un día especialmente para mí y no quisiera perderse ni un solo instante. Además la noté algo más cariñosa de lo habitual, y eso que en líneas generales lo era, y mucho. El caso es que el mayor se largó en un suspiro, va más a su bola, no repara más que en sus problemas, quizás es una cosa de la “edad del pavo”. En fín, mejor no pensarlo en esas situaciones.

A las 8 era la hora señalada todos los días para salir de mi casa. La peque llegaba con tiempo e incluso podía participar en alguna de las actividades que organizaba su colegio antes del inicio del horario escolar. Ese día decidir además cambiar mis hábitos,  normalmente la llevaba en el coche porque después me trasladaba al trabajo con él. Sin embargo, y como no era el caso, decidí que fuésemos paseando y después yo me marcharía a la oficina de empleo con toda la documentación que me había dado la empresa. Y eso hice…

La oficina del INEM se encontraba apenas a dos paradas de mi casa, y del colegio. Pensé que si llegaba a las 8,30 de la mañana sería tiempo más que sobrado para lograr que me atendieran esa misma mañana. Eso sí, ya me había mentalizado, por lo oído de otros amigos, que echaría toda la mañana en estas instalaciones. Al menos, me llevé mi MP3 y me pondría toda mi colección de música para entretener la espera.

Sin embargo, nada más llegar, ya me di cuenta que quizás había sido demasiado optimista. Quedaba media hora para que abrieran la oficina y ya la cola era impresionante. Por mucho que hubiera visto en  la televisión o en los periódicos las noticias sobre las largas esperas, jamás pensé que fuera para tanto. Realmente soy incapaz de calcular cuántas personas  estaban esperando. Quizás fue en ese momento en el que verdaderamente me di cuenta de la magnitud del problema y de la carrera que iba a iniciar a partir de ese momento con el resto de personas que allí esperaban pacientemente. En realidad, y si uno lo piensa fríamente, la mayor parte de ellos podían ser perfectamente mi “competencia” así que me entretuve a observarles detenidamente.
Era una fila de personas que representaba a la perfección la diversidad de nuestro país. Los había de todas las razas, unos mejor vestidos, otros algo menos. La mayoría con cara de circunstancias, supongo que no es un plato de gusto estar allí. Delante mía, tres mujeres de una misma empresa que intercambiaban impresiones, una de ellas parecía la más experimentada en esto de los trámites administrativos y pese a ello, comentaban las tres que habían tenido que volver porque la empresa no les había entregado todos los documentos necesarios. Era su segundo día y entonces yo me pregunté si realmente llevaba todo lo necesario o también tendría que regresar otro día. ¡Ya lo que me faltaba!, pensé para mí.

Quizás lo más sensato hubiera sido contrastar con ellas la documentación necesaria pero mi timidez me impidió inmiscuirme en la conversación de esas tres mujeres que, por lo que pude oir, habían trabajado en una empresa de limpieza. Sentí por primera vez una cierta sensación de congoja, un poco por todo, por los muchos que estaban en mi misma situación, por la inseguridad de llevar o no todo lo necesario, por tener que perder la mañana allí. En fín, aquello no había hecho más que comenzar…. (continuará)


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