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Nº Parados 22/05/2018

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El Rey Optimista

Nuestra amiga Jacinta vuelve a escribirnos en el blog un cuento en el que deberíamos decir aquello de "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia"... ¿o quizás no? En fín, un buen ejercicio literario para describir una situación.  

(Cuento de hadas para tiempo de crisis)




Érase una vez un rey que vivía no hace mucho tiempo en un país no muy lejano. Su pueblo le llamaba el Rey Optimista porque siempre veía el lado bueno de las cosas, era muy positivo y tenía buen talante y según él no había un pueblo tan feliz como el suyo. He de decir que el país de nuestra historia elegía a sus propios reyes y cada cierto tiempo podían presentarse nuevos ciudadanos a ese puesto. El rey anterior a Optimista había sido castigado por el Hada de la Verdad haciendo que nadie le creyera; el motivo fue que había engañado a su país llevándoles a una guerra con falsas pruebas. Después de eso, ya pocos volvieron a confiar en él y eligieron a Optimista que, por supuesto, les prometió que jamás les mentiría.


Como he dicho en ese país vivían todos muy felices hasta que un día sucedió una cosa terrible, hubo en el mundo una plaga de feroces monstruos carnívoros que comían sólo seres humanos; al principio eran muy pequeñitos y se les podía intentar parar, pero mientras más comían, más crecían; y mientras más grandes eran, mayor apetito tenían.

Si en los países cercanos lograron neutralizar a sus monstruos intentando impedir que crecieran más; el rey Optimista optó por negar la presencia de alguno dentro de sus fronteras; tranquilizó a los ciudadanos asegurando que era imposible que uno de aquellos monstruos pudiera acercarse a su reino, porque… ¡ellos eran buenos y felices! Por desgracia, sin embargo, sí que existía uno y ya había quienes lo sabían. Pero él rey lo volvió a negar rotundamente, los que hablaban del monstruo, dijo, mentían; sin duda serían los seguidores del soberano anterior, añadió, que querían asustar al pueblo y así lograr que éste volviera a recuperar el trono. Y, no contento con esto, decidió culpar al resto de los países de la llegada de los monstruos, porque no eran capaces de lograr que sus ciudadanos fueran felices, mientras que en su reino lo que sobraba era felicidad. Al contrario de lo que pueda parecer, el rey Optimista no era un soberbio, no qué va; ni intentaba engañar a nadie, ¡por supuesto que no! El rey no era un embustero, simplemente deseaba que la gente fuera tan feliz y positiva como él…, aunque hubiera que lograrlo con mentirijillas.

Como decía antes, la mayoría creían a su rey; en su país no había monstruos, pensaban, y, si llegara alguno, Optimista acabaría de inmediato con él; es más, añadían, si era cierto que un monstruo se había comido a alguien, algo habría hecho esa persona para ser devorada. Al fin y al cabo, a quién le importaba un monstruo que, al principio, sólo devoraba campesinos que vivían muy alejados de la ciudad, o extranjeros que se habían establecido en el país atraídos por su famosa felicidad. Mientras tanto, el monstruo, como nadie hacía nada para aniquilarle, empezó a crecer, crecer y crecer; haciéndose cada vez más grande y voraz.

Hasta que llegó un momento en el que muchos empezaron a confirmar la existencia del monstruo, incluso le pusieron nombre: Krisón. Sin embargo, el rey Optimista seguía negándolo. Eso tranquilizaba al pueblo, pero no impedía el crecimiento de Krisón. Y éste cada vez comía más ciudadanos de una sola vez. Hubo quien empezó a pedir ayuda, pero el rey insistía en que Krisón no era real. Para que la gente no hablara de Krisón, los ministros del rey Optimista inventaban problemas que distraían a los ciudadanos de la verdadera preocupación del reino; y cuando alguien se atrevía a recordar el número de muertos, el rey y sus ministros creaban grandes diversiones, enfrentando a los dos equipos del deporte nacional, de manera que los partidarios de cada bando se olvidaran de los muertos y sólo pensaran en ganar al otro. Además entre los seguidores de Optimista la consigna era negar el número de muertos, e hicieron correr la voz de que muchísimas familias se inventaban algún desaparecido a manos de Krisón para que les pagaran un sueldo –porque a las familias que demostraran que uno de sus miembros había sido engullido por el monstruo, se les daba una damnificación–. Ese era el motivo, insistían los seguidores del rey, de que en realidad no hubiera tantos desaparecidos como se decía, ya que muchos lo fingían para poder cobrar.

El Hada de la Verdad acabó enfadándose también con Optimista, no podía permitir que siguiera mintiendo a su pueblo, y le castigó haciendo que pasara todo lo contrario de lo que decía. Fue justo en ese momento cuando Optimista decidió reconocer que existía Krisón, pero dijo que no era muy grande (este aumentó inmediatamente de tamaño); luego aseguró que dejaría de comer inmediatamente (aquel día se zampó a doscientos mil ciudadanos de golpe). Incluso afirmó que se esforzaría mucho para aprender cómo acabar con el monstruo y hasta tuvo un profesor que en dos días le explicó cómo hacerlo (Krisón se volvió más voraz y aumentó nuevamente de tamaño). Dijo que había tomado medidas contra él y otra vez Krisón se hizo más grande.

Cuando Krisón se había comido casi a una cuarta parte de la población, fue cuando algunos empezaron a darse cuenta de que pasaba siempre lo contrario de lo que decía el rey; los menos le empezaron a llamar gafe y cenizo, pero seguía teniendo muchos seguidores que le defendían. Lo que no sabía el pueblo era que, detrás de esos defensores, se encontraban las grandes corporaciones de aristócratas; ellos exigían a Optimista que sacrificara a los más débiles y así salvarse del monstruo.

Los aristócratas sabían que a Optimista le seguía el pueblo, confiaban en un rey tan feliz y estaban seguros de que, mientras éste gobernara, ellos podían ser más fuertes, nadie se rebelaría. Y efectivamente, Optimista, que había afirmado durante mucho tiempo que jamás sacrificaría a los débiles –como era de esperar de alguien que decía todo lo contrario de lo que sucedía–, obligó al cinco por ciento de ellos a ser comidos por Krisón para, según explicó a su pueblo, entretener al monstruo y poder acabar definitivamente con él. Luego dijo que iría contra los más fuertes, pero realmente se limitó a cambiar el nombre a los menos débiles, a partir de ese momento pasaron a ser ellos los fuertes, y de nuevo se los entregó a Krisón.

Mientras tanto las grandes corporaciones de aristócratas sacaban a sus familias del país y las llevaban a paraísos naturales donde no había monstruos.

El Hada de la Verdad estaba triste, ¿cómo podía la gente de aquel país seguir creyendo a Optimista con lo mal que les estaba gobernando y lo poco que hacía para acabar con Krisón? No tenía respuesta a dicha pregunta. Además, se volvió a preguntar, porqué Optimista se pasaba el tiempo echando la culpa a unos y a otros y metiéndose con los más fuertes, en lugar de lograr que Krisón dejase de comer gente, que era lo que realmente querían todos sus ciudadanos. Luego recordó que ese pueblo, acostumbrado a tener los peores reyes del mundo, siempre había salido adelante aún a pesar de sus gobernantes. Lo peor sería que, asustados como estaban, les diera por enfrentarse entre ellos, ya había pasado antes y Optimista y sus partidarios tonteaban demasiado con ello.

Así que el Hada, después de observar atentamente a aquellas pobres gentes, decidió que lo mejor era… irse a otro lugar. Y se fue a buscar un país donde los reyes no fueran tan mentirosos… o tan necios.

Jacinta Ramírez de Rodrigo

 

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