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Nº Parados 06/12/2016

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En su habitual columna "Los lunes al sol", la periodista María Díaz reflexiona hoy sobre las distintas maneras con las que vivimos los fallecimientos de las personas. Una opinión de la periodista tras los recientes fallecimientos de dos importantes hombres de negocios de nuestro país, Emilio Botín e Isidoro Álvarez,

Vuelve el muerto

En su habitual columna "Los lunes al sol", la periodista María Díaz reflexiona hoy sobre las distintas maneras con las que vivimos los fallecimientos de las personas. Una opinión de la periodista tras los recientes fallecimientos de dos importantes hombres de negocios de nuestro país, Emilio Botín e Isidoro Álvarez,  

Aquí vas y te mueres y empiezas a ser persona. Cuando digo aquí, digo en España ,con permiso de catalanes y vascos, a los que incluyo. Ya lo siento. Botín, don Emilio para algunos, a saber cómo le llamaban en la intimidad, es buen ejemplo de ello. Que todos sabíamos de su existencia es evidente. A no ser que alguno ande aparcando en Marte…Pero los detalles, esos que hacen al hombre, los detalles afloran cuando te mueres. Mal momento para el difunto, jugosa fruta para los medios de comunicación. Te dibujan a los hijos, te muestran a los nietos, te enseñan a los/las amantes (si las hubiera) y te destripan el código genético y hasta aquel pasado que ya olvidaste. Vamos, yo me acabo de enterar de que el descubrimiento de las cuevas de Altamira tiene que ver con la familia de tan insigne banquero…
También está Isidoro Álvarez, que se ha muerto tan a tiempo que todo parece estudiado. Se puso fatal el mismo día que falleció Botín pero ha tenido a bien esperar a que finalizaran las honras fúnebres del santanderino para despedirse de este mundo. Morirse pero en orden, parecen haber pensado ambos.
Una vez muertos, alcanzamos a entrar en el universo de las condolencias, las liturgias y las esquelas. ¡Ah! Las esquelas. Hablan por sí solas y cuentan más de lo que deben. He visto muertos con dos esquelas y familias diferentes que te citaban para despedirle en funerales distintos. La esquela de Isidoro “Corte Inglés” Álvarez me recuerda que una hija suya casó con un hijo de Abelló. Es lo que tienen las grandes fortunas: tienden a juntarse. 

Otros muertos duelen de otra manera. Ahí están Lasa y Zabala, ejecutados por los GAL, víctimas del terrorismo. Sí, sí: he dicho “ejecutados” y “terrorismo”. Sólo que estos dos estriñen. Los asesinaron las fuerzas vivas en defensa de una bandera que proclamaba justicia y olía a podrido. Pero alguno ya se la anda cogiendo con papel de fumar por aquello de que recuperan un pasado doliente en una película que va a pasar por el festival de cine de Donosti. Este país ha llorado a muchos muertos víctimas del absurdo. Porque no hay nada más absurdo que el odio.



Empezó la ETA a matar, así, porque le daba la gana, porque creyeron encontrar un motivo y pasaron a limpio tanto borrón algunos miembros del estado que pensaron que el juego se solucionaba con más muerte. Del pasado no hay que esconderse. Está ahí. Hablar de Lasa y Zabala supone enfrentarse a un tiempo oscuro. Eso no dignifica la violencia. Al contrario, la coloca en su sitio. E insiste en la idea de que nadie somos los dueños de la vida de nadie. En el mercado hay muchas cosas que vender o que adquirir. Pero nunca la vida de nadie. Todo el que mató es un asesino si no fue en defensa propia. Se lo digo yo que he visto a muchos amigos llorar a padres o hermanos que habían sucumbido a una 9 milímetros. Y la muerte de unos no se arregla con la muerte de otros. 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu

 



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