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Nº Parados 07/12/2016

SEPE
3789823
EPA
4320800

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En su semanal columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz se refiere a las principales características de esas personas que han saltado a los medios de comunicación por arrebatar la vida de sus ex parejas y sus hijos tras finalizar su relación sentimental. Parece haber un patrón común en todos ellos que destaca en este artículo.

Varios sucesos trágicos ocurridos en los últimos tiempos me han hecho reparar en los perfiles de ciertos individuos abocados a aparecer en las páginas de sucesos como autores de los crímenes más aberrantes. Todas sus víctimas son seres más débiles que ellos, mujeres o niños, ante los que se ve que ellos se crecen como la mierda de tipos que son. En general su móvil es la venganza, resorte propio del canalla, del desubicado, del paria. De ese que no sabe cómo hacer más daño a quien alguna vez le quiso.
 
Lo que me preocupa es que cuando se dibujan, bien en los juicios, en las cartas que envían a alguien, o en las declaraciones que hacen quienes dicen conocerles, es el perfil que subyace bajo tanta miseria humana. José Bretón, encarcelado por matar a sus hijos en medio de una dramatización que incluía dolor ante su aparente desaparición se nos descubrió en su juicio como un hombre que había pasado a limpio el esquema familiar en el que había vivido, el que conocía, el que le parecía que “funcionaba”. Su madre aguantó ese esquema familiar que la relegaba a la nada, a vivir bajo el mando de un hombre que, por lo que transmitía Bretón, había instaurado el miedo como modelo de convivencia familiar. Pero su mujer no quiso vivir con ese esquema. Al principio no se dio cuenta y toleró. Pero cuando el psicólogo de su empresa la despertó de su letargo de mujer supuestamente maltratada agarró a sus hijos y plantó a su marido con sus consignas de mando. Y él, perdido, sin la autoridad que entendió le había sido conferida, sin modelo familiar que buscar como referencia, sació su caos con sus hijos, sabiendo que el dolor que le infringía a su ex-mujer nunca tendría cura.
 
Sergio Morate ha sido despreciado por su familia. Pero, cuando quienes compartieron celda anteriormente con él le perfilan, nos presentan a un machista de cuna, a un tipo que parece haber mamado ese sentido de desprecio a la mujer por aquello de ser superior por el hecho de haber nacido varón. Su novia le deja y empieza su desorden. Unas fotos le informan de que ha contraído matrimonio y la sabe perdida. No está hecho para eso, para “perder”, para que le quiten el mando. Y actúa en consecuencia a sus pensamientos: mata. Por lo que parece, lo educaron así. No asesino, pero si “macho alfa”. Y ese tipo de individuos hacen lo que quieren...y hasta lo que dicen no querer. Pierden el control, o no, y sumen a los suyos y a todos en la desgracia.
 
El caso más extraño es el de David Oubel. Porque David no fue el objeto pasivo de su separación, si no el activo. Fue el que tomó sus bártulos y abandonó el hogar para comenzar una vida nueva. Al otro lado, una mujer generosa admitió una separación lo menos traumática posible y una custodia compartida. Todo iba como él parecía haber querido. Sin embargo, en medio de este verano cogió una radial y terminó con sus dos hijas, seres inocentes que jugaban a ser mayores algún día. Aquí no parece haber patrón, no debería funcionar la absurda venganza como motivo. No digo que Oubel no fuera un ser perdido pero, si lo estaba, no era porque le hubieran dejado fuera de juego. El juego lo manejaba él.
 
Y eso es lo que me preocupa. Todos analizan cómo ha sido un crimen y buscan justificaciones. Pero nadie parece reparar en la personalidad de cuna que los supuestos criminales manifiestan. Ahí es a donde hay que ir, al origen del problema. O sea, estamos donde siempre, en la educación. Porque la familia repudia pero también forma. Repudia porque un criminal en sus filas no queda bonito. Pero, de alguna forma, ha contribuido a forjar a ese “héroe redentor” que no sabe dónde está porque el sitio que le marcaron ya

Los perfiles

En su semanal columna de Los Lunes al Sol, la periodista María Díaz se refiere a las principales características de esas personas que han saltado a los medios de comunicación por arrebatar la vida de sus ex parejas y sus hijos tras finalizar su relación sentimental. Parece haber un patrón común en todos ellos que destaca en este artículo. Varios sucesos trágicos ocurridos en los últimos tiempos me han hecho reparar en los perfiles de ciertos individuos abocados a aparecer en las páginas de sucesos como autores de los crímenes más aberrantes. Todas sus víctimas son seres más débiles que ellos, mujeres o niños, ante los que se ve que ellos se crecen como la mierda de tipos que son. En general su móvil es la venganza, resorte propio del canalla, del desubicado, del paria. De ese que no sabe cómo hacer más daño a quien alguna vez le quiso.   Lo que me preocupa es que cuando se dibujan, bien en los juicios, en las cartas que envían a alguien, o en las declaraciones que hacen quienes dicen conocerles, es el perfil que subyace bajo tanta miseria humana. José Bretón, encarcelado por matar a sus hijos en medio de una dramatización que incluía dolor ante su aparente desaparición se nos descubrió en su juicio como un hombre que había pasado a limpio el esquema familiar en el que había vivido, el que conocía, el que le parecía que “funcionaba”. Su madre aguantó ese esquema familiar que la relegaba a la nada, a vivir bajo el mando de un hombre que, por lo que transmitía Bretón, había instaurado el miedo como modelo de convivencia familiar. Pero su mujer no quiso vivir con ese esquema. Al principio no se dio cuenta y toleró. Pero cuando el psicólogo de su empresa la despertó de su letargo de mujer supuestamente maltratada agarró a sus hijos y plantó a su marido con sus consignas de mando. Y él, perdido, sin la autoridad que entendió le había sido conferida, sin modelo familiar que buscar como referencia, sació su caos con sus hijos, sabiendo que el dolor que le infringía a su ex-mujer nunca tendría cura.   Sergio Morate ha sido despreciado por su familia. Pero, cuando quienes compartieron celda anteriormente con él le perfilan, nos presentan a un machista de cuna, a un tipo que parece haber mamado ese sentido de desprecio a la mujer por aquello de ser superior por el hecho de haber nacido varón. Su novia le deja y empieza su desorden. Unas fotos le informan de que ha contraído matrimonio y la sabe perdida. No está hecho para eso, para “perder”, para que le quiten el mando. Y actúa en consecuencia a sus pensamientos: mata. Por lo que parece, lo educaron así. No asesino, pero si “macho alfa”. Y ese tipo de individuos hacen lo que quieren...y hasta lo que dicen no querer. Pierden el control, o no, y sumen a los suyos y a todos en la desgracia.   El caso más extraño es el de David Oubel. Porque David no fue el objeto pasivo de su separación, si no el activo. Fue el que tomó sus bártulos y abandonó el hogar para comenzar una vida nueva. Al otro lado, una mujer generosa admitió una separación lo menos traumática posible y una custodia compartida. Todo iba como él parecía haber querido. Sin embargo, en medio de este verano cogió una radial y terminó con sus dos hijas, seres inocentes que jugaban a ser mayores algún día. Aquí no parece haber patrón, no debería funcionar la absurda venganza como motivo. No digo que Oubel no fuera un ser perdido pero, si lo estaba, no era porque le hubieran dejado fuera de juego. El juego lo manejaba él.   Y eso es lo que me preocupa. Todos analizan cómo ha sido un crimen y buscan justificaciones. Pero nadie parece reparar en la personalidad de cuna que los supuestos criminales manifiestan. Ahí es a donde hay que ir, al origen del problema. O sea, estamos donde siempre, en la educación. Porque la familia repudia pero también forma. Repudia porque un criminal en sus filas no queda bonito. Pero, de alguna forma, ha contribuido a forjar a ese “héroe redentor” que no sabe dónde está porque el sitio que le marcaron ya  

Varios sucesos trágicos ocurridos en los últimos tiempos me han hecho reparar en los perfiles de ciertos individuos abocados a aparecer en las páginas de sucesos como autores de los crímenes más aberrantes. Todas sus víctimas son seres más débiles que ellos, mujeres o niños, ante los que se ve que ellos se crecen como la mierda de tipos que son. En general, su móvil es la venganza, resorte propio del canalla, del desubicado, del paria. De ese que no sabe cómo hacer más daño a quien alguna vez le quiso.



 

Lo que me preocupa es que cuando se dibujan, bien en los juicios, en las cartas que envían a alguien, o en las declaraciones que hacen quienes dicen conocerles, es el perfil que subyace bajo tanta miseria humana. José Bretón, encarcelado por matar a sus hijos en medio de una dramatización que incluía dolor ante su aparente desaparición, se nos descubrió en su juicio como un hombre que había pasado a limpio el esquema familiar en el que había vivido, el que conocía, el que le parecía que “funcionaba”. Su madre aguantó ese esquema familiar que la relegaba a la nada, a vivir bajo el mando de un hombre que, por lo que transmitía Bretón, había instaurado el miedo como modelo de convivencia familiar. Pero su mujer no quiso vivir con ese esquema. Al principio, no se dio cuenta y toleró. Pero cuando el psicólogo de su empresa la despertó de su letargo de mujer supuestamente maltratada, agarró a sus hijos y plantó a su marido con sus consignas de mando. Y él, perdido, sin la autoridad que entendió le había sido conferida, sin modelo familiar que buscar como referencia, sació su caos con sus hijos, sabiendo que el dolor que le infringía a su ex-mujer nunca tendría cura.

 

Sergio Morate ha sido despreciado por su familia. Pero, cuando quienes compartieron celda anteriormente con él le perfilan, nos presentan a un machista de cuna, a un tipo que parece haber mamado ese sentido de desprecio a la mujer por aquello de ser superior por el hecho de haber nacido varón. Su novia le deja y empieza su desorden. Unas fotos le informan de que ha contraído matrimonio y la sabe perdida. No está hecho para eso, para “perder”, para que le quiten el mando. Y actúa en consecuencia a sus pensamientos: mata. Por lo que parece, lo educaron así. No asesino, pero si “macho alfa”. Y ese tipo de individuos hacen lo que quieren…y hasta lo que dicen no querer. Pierden el control, o no, y sumen a los suyos y a todos en la desgracia.

 

El caso más extraño es el de David Oubel. Porque David no fue el objeto pasivo de su separación, si no el activo. Fue el que tomó sus bártulos y abandonó el hogar para comenzar una vida nueva. Al otro lado, una mujer generosa admitió una separación lo menos traumática posible y una custodia compartida. Todo iba como él parecía haber querido. Sin embargo, en medio de este verano cogió una radial y terminó con sus dos hijas, seres inocentes que jugaban a ser mayores algún día. Aquí no parece haber patrón, no debería funcionar la absurda venganza como motivo. No digo que Oubel no fuera un ser perdido pero, si lo estaba, no era porque le hubieran dejado fuera de juego. El juego lo manejaba él.

 

Y eso es lo que me preocupa. Todos analizan cómo ha sido un crimen y buscan justificaciones. Pero nadie parece reparar en la personalidad de cuna que los supuestos criminales manifiestan. Ahí es a donde hay que ir, al origen del problema. O sea, estamos donde siempre, en la educación. Porque la familia repudia pero también forma. Repudia porque un criminal en sus filas no queda bonito. Pero, de alguna forma, ha contribuido a forjar a ese “héroe redentor” que no sabe dónde está porque el sitio que le marcaron ya no existe.

 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu


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