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Nº Parados 04/12/2016

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En la columna de Los Lunes al Sol que semanalmente, nos entrega la periodista, María Díaz, accedemos a sus reflexiones sobre lo que ocurre a nuestro alrededor. Y tan pronto habla de una noticia que es portada en todos los periódicos como de aspectos más cotidianos, como ocurre en esta ocasión.

La intimidad compartida

En la columna de Los Lunes al Sol que semanalmente, nos entrega la periodista, María Díaz, accedemos a sus reflexiones sobre lo que ocurre a nuestro alrededor. Y tan pronto habla de una noticia que es portada en todos los periódicos como de aspectos más cotidianos, como ocurre en esta ocasión.  

En los últimos tiempos, y como en carrerilla, se me han muerto varias personas a las que he querido mucho. Y sigo queriendo, porque la vida me ha demostrado que el afecto verdadero no tiene fecha de caducidad ni en ausencia del ser apreciado. Te quedan los huecos, esos que te “duelen” de vez en cuando, cada vez que echas de menos a quien estuvo y ya no está.



 

Le oyes a la gente decir frases hermosas del que se ha despedido ( y no me refiero a las frases hechas, tipo “ se van los mejores”, etc) y la pena se torna doble: el muerto no puede escucharlas y algunas, muchas, le salen al personal desde dentro y van cargadas de cariño. Y caminan por algunas caras lágrimas de verdad, no de plañideras de oficio, que te hacen sentir orgullosa de haber formado parte del círculo de quien ya dijo adiós.

 

La muerte es algo íntimo. O a mí me lo parece. He tenido una bronca recientemente con alguien que quiso conectar conmigo en medio de un proceso de acompañamiento de agonía ajena y me echó en cara que no respondiera a sus llamadas. Entendí que no tenía prisa y busqué el momento de hablarle con calma sin tener que destapar el proceso vital de otro. El cabreo cambió de color porque no se entendió desde el otro lado que no hubiera compartido mis preocupaciones. ¿Y por qué? (pensé yo). El dolor es algo propio y confidencial. Y hasta intransferible. Tengo claro que si mañana me dijeran que me quedan 3 meses de vida posiblemente lo compartiría con mis amigos, con mis verdaderos amigos, y con aquellos que no decidieran optar por la pena como vínculo para relacionarse conmigo. Pero ¿el dolor de otros? ¿su agonía? ¿su final? ¿Tengo derecho a narrarlo a compartirlo con alguien ajeno? Quizá me equivoque, pero opino que no.

 

La intimidad es algo extraño a la que cada uno pone los límites que considera. A mí no me gusta hablar de sexo, de “mi” sexo con nadie, ni escuchar procesos en esa línea que considero absolutamente íntimos. Por poner un ejemplo. Hay “momentos” que entiendo tan propios que no quiero compartirlos ni como sujeto activo ni como pasivo. Y no me considero una “ñoña”, precisamente. En estos días he leído en algún digital que una pseudo-famosa, de esas a las que le pones cara y nombre pero no logras recordar cuál fue el mérito que la alzó a la popularidad, proclamaba la recuperación de su virgo y me planteo qué necesidad tenemos los demás de acceder a tanta información. Esa sería la primera pregunta. Porque la segunda cae seguida y de rondón: ¿vale para algo la virginidad? Que algunas culturas la hayan elevado al grado de mérito ensalzable, no quiere decir que la virginidad conduzca a ningún sitio. Y perderla es doloroso. ¡Qué necesidad!

 

Así que a lo innecesario de acceder a datos que no aportan nada, aunque imagino que a lo susodicha lo mismo le ha caído alguna oferta televisiva medianamente interesante, y a lo absurdo de volver hacia atrás en aras del sufrimiento, se suma una tercera interrogante: ¿esto es todo lo que uno puede hacer en esta vida para asegurarse la inmortalidad? Sigo prefiriendo a los que se van silenciosamente, compartiendo su adiós con quien ellos deciden que estos figurines que se apuntan a formar parte de la memoria compartida a base de teóricas noticias que ni son noticias ni generan, de cara al futuro, una aportación a la ciencia de esas de “no te menees”. Eso sí, supongo que los virgos recompuestos y participados deben de provocar muchas risas. Y en los tiempos que corren, oye, ni tan mal.


María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu


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