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Nº Parados 06/12/2016

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Muchas veces envidiamos la vida de tantos y tantos famosos que protagonizan películas, alfombras rojas o discos en el mercado sin saber qué se esconde detrás de ellos. Encontramos muchos ejemplos de este tipo de personas que parecen tenerlo todo menos la felicidad. A este asunto, dedica este lunes la periodista, María Díaz, su habitual columna de Los Lunes al Sol.

La desgracia cuando no se tiene costumbre

Muchas veces envidiamos la vida de tantos y tantos famosos que protagonizan películas, alfombras rojas o discos en el mercado sin saber qué se esconde detrás de ellos. Encontramos muchos ejemplos de este tipo de personas que parecen tenerlo todo menos la felicidad. A este asunto, dedica este lunes la periodista, María Díaz, su habitual columna de Los Lunes al Sol.  

Catherine Deneuve está deprimida.  En una película. Pero lo está. Aunque me hubiera creído a pies juntillas que la depresión hubiera hecho mella en su moral hierática. Hemos crecido mirando con admiración a los que consideramos triunfadores y, a veces, no nos damos cuenta de que son humanos. Les lloramos si se mueren más que a un buen amigo y nos alegramos si algo bueno les ocurre. Como si fuera con nosotros el asunto. Pero se nos olvida que respiran, mean, duermen, ríen y hasta lloran. Una antigua telenovela mexicana rezaba con el título de “Los ricos también lloran”. Aunque lloren menos o por asuntos absurdos que ya los querríamos para nosotros. No sé, por ejemplo, porque un vestido se te ha quedado pequeño o porque se te han muerto algunos rosales de tu inmenso jardín. Son maneras de llorar.



La Deneuve ha sido una mujer que parece haberlo tenido todo. Hasta a Marcello Mastroianni, que ya es decir. Siempre han dicho que era fría…pero debe de ser de gesto porque señor estupendo que le gustaba se lo llevaba a casa. Así que fría, fría, lo que se dice fría, se ve que no. Ahí la he envidiado mucho, qué quieren que les diga. Poseedora de una belleza correcta, sin estridencias, lejos de las facciones animales y entusiasmantes de Sophia Loren o Ava Gardner. Pero muy guapa. Ha trabajado con los mejores; fue elegida para ser la imagen de la Marianne de Francia, la figura que representa la República francesa, el icono nacional por excelencia del país vecino;  ha envejecido divinamente, con la cirugía justa para no hacer el ridículo y ha sido una actriz con condiciones. Ahora nos llega a las pantallas metida en la piel de una mujer con problemas y quieres pensar que no tiene nada que ver con ella, que su vida va por otro lado. Pero a saber.

Ahí está Robin Williams, cómico, aparentemente positivo, sonriente, peleando junto a su amigo Christopher Reeves cuando a éste le sobrevino la desgracia, ayudándole en su pelea a favor de la investigación con células madre, animándole a vivir. Curioso, el uno condenado a una silla de ruedas de por vida, sin posibilidad de dominar su  cuerpo y peleando hasta el final y el otro sucumbiendo ante una depresión y un, parece ser, diagnóstico de Parkison que apenas comenzaba. Otro actor, Michael J.Fox sobrevive con la misma enfermedad desde su juventud y hasta riéndose de sí mismo en una serie sobre abogados.

Pero Williams, que parecía que lo tenía todo, no fue capaz de enfrentarse a su futuro cuando empezó a torcerse. Me ha extrañado, sinceramente. Lo tenía por un ser humano preparado para la pelea, pero se ve que la pelea nunca le había tocado de tan cerca. Creía en la fuerza de su amigo impedido pero no en la suya propia cuando supo que sus condiciones físicas iban a ir quedándose en el camino.

Otros, están tan acostumbrados a pelear a diario que no los tumba ni un terremoto de grado 8 en la escala de Richter. La mayoría de nosotros, vamos. Porque sabemos de peleas, de sufrimientos, de escasos motivos de alegrías, de reveses. Sabemos tanto que la alegría más tonta es motivo de celebración y te lleva a compartir la dicha. Para algunos de nuestro “héroes” esto sería impensable. Hasta el propio Williams reconoció haber caído en la droga porque a estos “triunfadores” todo les va tan bien que ellos mismos se buscan una desgracia para equilibrar su propia vida. Está claro que las desgracias nos llegan a todos. A unos más y como en lo cotidiano y a otros, como la lotería, en contadísimas ocasiones. Y como no están preparados, cualquier contingencia negativa los arrastra. Y ese golpe es fuerte porque desconocen la situación y no saben cómo enfrentarlo. Lucen divinos pero mueren asustados. Y a veces, demasiado pronto.

 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu


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