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Nº Parados 03/12/2016

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En su columna "Los lunes al sol" nuestra colaboradora María Díaz reflexiona, a partir de dos personajes que han sido noticia, cómo "la clase" puede abrir puertas o ayudarnos a superar los peores momentos de nuestra vida. 

El ying y el yang

En su columna "Los lunes al sol" nuestra colaboradora María Díaz reflexiona, a partir de dos personajes que han sido noticia, cómo "la clase" puede abrir puertas o ayudarnos a superar los peores momentos de nuestra vida.   

Cada uno es libre de construirse la vida que quiera. Y que le dejan. La educación y la capacidad económica son elementos básicos que confieren personalidad a nuestra manera de ser. No es que la “clase” esté unida al dinero, pero luce más si tienes por donde pasearla. Es más, la clase puede abrirte puertas que te acerquen a la riqueza o a lo más parecido a ella. Si te educan para mirar la vida con ambición, exprimes bien tus posibilidades. Al fin y al cabo, somos fruto de características que traíamos en nuestro ADN más aquellas que nos fueron enseñadas de niños. Y así, a veces sin saberlo, decidimos hacia donde encaminar nuestros pasos en un futuro.



Dos personajes me han llevado a esta reflexión esta semana. La una, es conocida por todos y, siendo como es, un personaje de la “beautiful people” reconozco que es capaz de sorprenderme por momentos. Es filipina, llegó a España joven, castigada y sin una economía que hiciera pensar que se acabaría convirtiendo en personaje indispensable de la vida social de este país. Pero ahí la tienen, se ha casado con un cantante famoso y rico, un aristócrata, un ex-ministro (con el que se lió mientras él ejercía su cartera) y ahora se pasea como pareja de un premio Nobel. Si eso no es tener ojo, que me lo expliquen. Se llama Isabel y ha dotado a su carrera emocional de todos los elementos que la convierten en enigma cargado de una evidente seducción que no se escapa a quienes la tratan de cerca. Muchos pensaron que seguiría de viuda para el resto de su vida después de llorar a su última pareja como al amor de su vida…pero en pocos meses se ha recuperado del llanto y luce en las noches madrileñas una sonrisa envidiable. Vuelve a ser el centro de atención del mundo y así ella es feliz. Cada vez que crees que esta mujer ha dado su último paso emocional saca su capacidad de reinventarse y se recoloca en el candelero. No tenía dinero cuando alcanzó España pero manejaba bien cierta clase y una educación esmerada que le ha llevado a tocar en las mejores puertas. Y se le han abierto.

El otro apenas tiene 21 años y ya se ha condenado para los restos. Y, de paso, ha condenado al dolor a nueve familias a las que no conocía pero que le estorbaban por su color. Alguien le educó en el racismo y le explicó, supongo que sin argumentos, que el color blanco en la piel le colocaba en una categoría superior que le permitía hacer uso de un arma y robar la vida a los seres que consideraba inferiores que se fueran cruzando en su camino. Patético. Se llama Dylann y ostenta el dudoso “honor” de haber sesgado la vida de nueve personas porque se creía, y se cree, que tiene autoridad para decidir quién vive y quién no. Vive en un país en el que comprar un arma es más fácil que adquirir un chupa chups y hacer uso de ella, a lo que se ve, no supone ninguna complicación. No parece muy listo y, encima, le han inculcado el odio racial como elemento básico de su manera de mirar la vida. Ahora lo vemos en una pantalla declarando ante el juez y apenas parpadea. Le vigila un policía negro que, supongo, no sabe cómo mirarle. Pero Dylann no llora, no se inmuta, no se arrepiente. Se pasará la vida en la cárcel, larga o corta (si le sentencian a muerte) y, posiblemente, morirá pensando que hizo lo que tenía que hacer. Se lo enseñaron así. Le podían haber metido en la cabeza otras ideas más sanas y constructivas…pero desaprovecharon la ocasión. Y ahora, fruto de esa pésima formación, Dylann pasea un espantoso uniforme a rayas por las televisiones de todo el mundo. Y sus víctimas no consiguen entender nada. Pero a ver quién se lo “apaña”. Sólo les queda llorar y no caer en el odio que les ha puesto en ese sitio. Hay que tener mucha clase para salir airoso de ese reto. Pero se puede.



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