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Nº Parados 09/12/2016

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En la columna semanal de la periodista María Diaz, se ocupa en esta ocasión de la tragedia que ha provocado en Francia el terrorismo islamista y las consecuencias que estamos viviendo estos días tras la masacre que ha sembrado el terror en el país vecino y en todo el mundo occidental.

El mundo habla francés y Francia habla de guerra

En la columna semanal de la periodista María Diaz, se ocupa en esta ocasión de la tragedia que ha provocado en Francia el terrorismo islamista y las consecuencias que estamos viviendo estos días tras la masacre que ha sembrado el terror en el país vecino y en todo el mundo occidental.  

¿Qué decir cuando todo está dicho? ¿Cuando de todos lados te llegan opiniones que se cruzan, se suman, se restan? ¿Cuando te sientes tan vulnerable que te cuesta masticar lo que te están contando? ¿Cuando la realidad parece inverosímil y se ajusta más a un juego de aparatito juvenil que a la vida?



Y sobre todo, ¿cómo se acaba con el odio? ¿Con más odio? ¿O con menos? Con el justo no, porque “odio” y “justo” son dos palabras que no pueden ir en la misma frase.

Y entre todo ese follón, ese jaleo, ese miedo surge la palabra “guerra”. Una creía que estaban finiquitadas, muertas. Pero no. Ahora que todos hablamos francés, que hemos girado la cabeza para intentar apoyar a los vecinos a los que tanto criticamos y ahora sabemos heridos, ahora en Francia dan un golpe de mano y anuncian el principio de la batalla. ¿Cuánto se arregla así? ¿La respuesta es seguir el juego de los irracionales? [Ver cursos de Formación Profesional]

Matar es tan libre que nos convierte a todos en sujetos pasivos de una posible locura. El ser humano, alguno, es capaz de quitarle la vida al otro cuando uno mismo nunca le daría muerte a nadie porque algunos creemos que sólo plantearse esa posibilidad es imposible en nuestras cabezas. Yo no estoy preparada para matar, ni siquiera se si hay motivo válido para terminar con la vida de otro. Estoy más preparada para morir y, digámoslo así, tampoco tengo prisa. Y cuando hablo de “preparada para morir” no contemplo la posibilidad de entrar en una discoteca a pasármelo bien con mis amigos y que lleguen unos descerebrados que a la sombra de un dios, o de un profeta, o de un fin cualquiera, decidan elegirme como diana de sus males. Pero me puede pasar, nos puede pasar a todos. Ya lo hemos visto.

Pero hay seres que non sólo valoran esa posibilidad, si no que la manejan a su antojo. Y dedican un tiempo a pergeñar una masacre y salen un día de casa diciendo “hasta luego” para montar un pifostio que sólo trae desgracia y miedo. Y el miedo es terrible. Te domina y te hace sentir víctima de no sabes qué 24 horas al día. Y te planteas si no te va a tocar a ti como les pasó a las víctimas del 11-M ó del 11-S. Aún recuerdo aquel olor a tristeza en las calles de Madrid y se me ponen los pelos de punto. E imagino el mismo aroma en las calles parisinas iluminadas con velas de homenaje.

Y entonces llega alguien, el que manda y verbaliza la palabra que nadie quiere oír: “guerra”. “Esto es una guerra”, dice alto y claro. Y entonces te sabes en un bando, que es peor. No creo que el odio se termine con más odio, aunque también es verdad que no se cómo se puede poner fin a un sistema que ha alimentado a sus huestes en morir matando porque eso les hace fuertes. Y para eso viven para dejarse la vida en la lucha de quitar también la vida a otros. Lo entregan todo por su meta, la que sea. Una fanática meta que no razona y que hace más poderoso al líder que inventó una masacre para enviar a otros a defender un ideario que, al menos yo, no se muy bien cómo se sujeta.

Quienes conocen bien el Corán me dicen que lo que estamos viviendo no está ahí. Pero muchos han creído leer entre lineas y están dispuestos a convertir este mundo en un fracaso continuo, que en vez de avanzar, retrocede a pasos agigantados hacia la nada. No se si hay vida en Marte, pero si hubiera alguien por allí, que llegue pronto. En este planeta nuestro hemos empezado a hablar con un vocabulario beligerante que no conduce a nada porque la palabra “guerra” ha cobrado vida propia y el verbo que le corresponde se conjuga en presente en vez de en pretérito perfecto.



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