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Nº Parados 08/12/2016

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Como nada nos es ajeno a las personas que visitamos esta web, hoy la columna de Los Lunes al Sol está dedicada al terrible enfrentamiento entre grupos ultras del Atlético de Madrid y Deportivo de La Coruña que ha terminado con la vida de uno de los participantes. La periodista María Díaz recuerda los valores que deben presidir cualquier disputa deportiva y en ellos, no deben entrar este tipo de comportamientos.

El espíritu deportivo no conduce a la muerte

Como nada nos es ajeno a las personas que visitamos esta web, hoy la columna de Los Lunes al Sol está dedicada al terrible enfrentamiento entre grupos ultras del Atlético de Madrid y Deportivo de La Coruña que ha terminado con la vida de uno de los participantes. La periodista María Díaz recuerda los valores que deben presidir cualquier disputa deportiva y en ellos, no deben entrar este tipo de comportamientos.  

El fútbol tiene una vertiente, una cara, un vértice que es realmente una arista. Añade a su capacidad de movilización, un gusto intenso de algunos fragmentos de la afición por la violencia que lo hacen detestable. El fútbol debería ser un deporte ejemplar, un motivo de alegrías si tu equipo gana o no pierde, un bálsamo para las heridas que te infringe la vida, una válvula de escape de una cotidianeidad que te abruma. Pero no. El fútbol duele. Arrastra en un bucle a seguidores apasionados que encuentran en un determinado partido la manera de solventar una afrenta fuera del estadio. Y ahí están dos grupos de ultras estableciendo una cita para verse las caras y apañar sus propios resultados una mañana de domingo. Una mañana de domingo que ha hecho llorar a una mujer y dos hijos que han dejado en el camino a un miembro de su familia que llegó a Madrid con ganas de fútbol y, “por qué no”, de bronca.



Pero la cita entre ultras había ido creciendo en las redes, empozoñando los sentimientos de quienes llevan su afición a límites arriesgados. La batalla campal del domingo por la mañana acabó con Francisco Javier en la morgue después de haber pasado por el río y por una U.C.I. que no pudo evitar que se marchara. Parece ser que el encuentro entre ambas hinchadas era vox populi entre quienes pudieron evitar la desgracia. Pero la desgracia ocurrió, así que alguien no hizo lo que debía.

He visto a seres humanos educados bajo la consigna de “los hombres no lloran” gemir ante una portería abatida, dejar caer sus lágrimas por un gol inoportuno o saltar de alegría ante una victoria inesperada que abría futuros impensables 90 minutos antes. He visto a varones de pelo en pecho hundidos porque se le escapaba la liga al equipo de sus amores, o los he escuchado cantar el himno que envuelve a su afición porque alguno de sus futbolistas había convertido un determinado partido en un motivo de orgullo. Los he visto insultarse, mirarse mal, reprenderse y provocarse. ¿Pero matarse? ¿Convocar una cita para dirimir a golpes ese teórico ideario que parece acompañar a algunos equipos de fútbol? Eso no es deporte.

El espíritu deportivo es algo sano, recomponedor, motivante, regocijante y constructivo. El espíritu deportivo te permite encajar las derrotas y las victorias, porque hay que saber ganar y saber perder. El espíritu deportivo te lleva a sentir amor por unos colores, no odio hacia otros.  El espíritu deportivo te compensa de una mala semana, de un vacío cotidiano. El espíritu deportivo te encamina hacia la ilusión aunque a veces derive en el lamento. Pero, ojo, en el lamento. No en la pelea.

La pelea aniquila el deporte, lo mata. Lo convierte en una excusa barata para desatar las pasiones. Las pasiones son buenas. Si te conducen al campo, te permiten celebrar un gol sin insultar a nadie o te convocan para una próxima cita con mejores augurios. Pero si hay un muerto, un vacío en un familia, una ausencia para siempre, alguien tiene que venir y examinar el asunto. Que me temo que muchos han estado mirando para otro lado mientras sus aficiones se buscaban las cosquillas por el camino.



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