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Nº Parados 09/12/2016

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Nuestra colaboradora María Díaz se caracteriza en sus columnas de Los Lunes al Sol por tomar partido en los asuntos de actualidad más controvertidos. Sin miedo a las críticas que le puedan llegar, lo hace cada semana en este espacio. Y en esta ocasión, no va a ser menos con la historia de Andrea, una niña de trece años cuya vida está pendiente de una discusión de médicos, jueces y defensores de la ética.

Andrea o el derecho a poner fin al dolor

Nuestra colaboradora María Díaz se caracteriza en sus columnas de Los Lunes al Sol por tomar partido en los asuntos de actualidad más controvertidos. Sin miedo a las críticas que le puedan llegar, lo hace cada semana en este espacio. Y en esta ocasión, no va a ser menos con la historia de Andrea, una niña de trece años cuya vida está pendiente de una discusión de médicos, jueces y defensores de la ética.  

Se llama Andrea. Sus padres la definen como una “peleona”, una niña hecha al dolor lo mismo que ellos a la desgracia. Parecen amarla hasta la extenuación. Y con ese amor y ese dolor de la vida que Andrea ha vivido, por decir algo, reclaman para ella un final digno. No quieren que le pongan un final a su existencia sino a su sufrimiento.



 

Imagino que cuando supieron hace 13 años que iban a tener un hijo la ilusión se adueñó de ellos. Y eso que un hijo es una responsabilidad. Pero ella, su hija, llegó al mundo con complicaciones y le ha tocado luchar en la vida. A los tres, porque parecen una piña. Los padres, Estela y Antonio, imagino, han vivido cada día como una batalla ganada y como un día menos en un camino que se sabía corto. Pero ahí estaba Andrea, sin bajar la guardia. Hasta que no ha podido más. Y sus padres, que han peleado cada momento para que la niña fuera lo más feliz posible han sido conscientes de que Andrea ya no puede más. La mantiene una máquina pero la madre sufre porque Andrea, hecha al dolor, se queja. Lo que siempre intentaron evitar, que sufriera, aunque esa fuera su condena.

 

Así que han tirado la toalla y piden para ella un adiós a la altura de la vida que ha tenido. Cuando ya no se puede pelear más hay que saber decir adiós. Y la entereza de estos padres a la hora de tomar una decisión de este calado es digna de mi admiración. Un hijo es una apuesta difícil, aunque ese hijo sea el más listo, el más guapo, el más competente. Y no suele ser el caso. Los hijos dan alegrías y dan penas. Seguro que Andrea ha sido así. Pero con una vida que pendía de un hilo, que transitaba sobre el delgado filo de una navaja muy afilada. La cargaron de amor y le dieron motivos para seguir en la pelea. Pero Andrea ha sucumbido porque su naturaleza le marcó un fin temprano. Posiblemente esta niña, que para mí es una heroína, haya superado sus expectativas de vida por todo lo que la han cuidado y querido. Pero las pilas se han agotado. Andrea sufre ahora con una respiración mantenida y un hilo de vida conectado a un aparato.

 

Los padres no están solos en esta batalla que nunca debió batirse. El comité de bioética de la Conselleria de Sanidade de la Xunta de Galicia apoya su decisión porque entienden que Andrea ya no da para más. Pero el hospital se niega a desconectarla del aparato mientras sus padres son testigos de su sufrimiento. ¿Quién manda más? Y, sobre todo, ¿qué pasa con Andrea?

 

Entiendo que los médicos hacen un juramento que les obliga a mejorar nuestras vidas. Pero que debería obligarles a respetar nuestra muerte, a llevarnos a ella sin un dolor que no ofrece soluciones. Quienes conocen el caso dicen que la niña está en el filo. Y los padres, en el abismo. Supongo que le han intentado poner una sonrisa a cada día de esos 12 años que han vivido con ella y que no querían despedirla así. Supongo que por muy preparados que estuvieran para este momento nunca pensaron que su agonía podía agravarse. Supongo que nunca quisieron estar en la piel que habitan.

No se si esta pareja tiene más hijos. Desconozco a qué renunciaron para hacerse cargo de Andrea. Sólo se que les veo y entiendo que están cargados de razones y de dolor. El que no quieren más para su niña, que ya empezó a decir adiós para poderse marchar tranquila. Con la paz que algunos parecen empeñados en negarle.

 

María Díaz
Periodista
www.mariadiaz.eu


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